Una escuela diferente

La escuela ya comenzó su cambio. Las pedagogías alternativas de la actualidad son el indicio de una emergencia de cambio en la forma en que educamos a los niños. Como complemento, presenta la particularidad de querer centrarse en las capacidades naturales innatas del niño, el descubrimiento del mundo que lo rodea y su empatía hacia la naturaleza y los seres vivientes. 
Aquí los padres tienen un rol más activo y representativo que, cómo toda psicología de la educación apoya, es primordial para la seguridad y el crecimiento sano. Un entorno de este estilo deja entrever cambios positivos para la humanidad.

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En un momento en que la educación está en debate, en Uruguay hay varios proyectos alternativos, más concentrados en el hacer y sentir.

Cada vez que terminaba la jornada, Arjuna (9) llegaba a su casa agotado. Reía poco, sociabilizaba lo mínimo, vivía de mal humor y rara vez quería ir a la escuela. Sus padres, preocupados, intentaron entender qué podía estar pasando. Luego de investigar y por sugerencia de un amigo, se encontraron con un colegio que enseña de forma distinta.

No hay timbre, no hay uniforme, no hay calificaciones. No hay matemática ni lenguaje ni geografía. No hay frustración. Hay, sí, letras que se aprenden desde los cuentos, números que se incorporan desde las anécdotas y lugares que se conocen desde las historias. Porque además de la educación formal, pública y habilitada por el Estado, hay otra que no es reconocida como oficial pero que educa con métodos que privilegian los aspectos afectivos y manuales por sobre los intelectuales y competitivos.

No son muchas las experiencias de este tipo en Uruguay. Por ley todo instituto educativo tiene que contar con el aval estatal para funcionar. Esto quiere decir que además de las condiciones edilicias adecuadas y la capacitación del cuerpo docente, debe seguir un programa de estudios. Pero no significa que todas las escuelas sigan a rajatabla lo que establece el currículo oficial. De ahí que en el país existen cuarenta colegios no habilitados. La mitad sí están «autorizados»; eso implica que sus estudiantes rinden un examen al término de cada ciclo para constatar el aprendizaje de los contenidos curriculares y así continuar con el proceso académico clásico. En general están en esa categoría porque la carga horaria que destinan a otros idiomas o a la formación religiosa hace que no lleguen al tiempo mínimo requerido de enseñanza de español o debido a que ofrecen una propuesta pedagógica diferente. Otros veinte, entre ellos el Rudolf Steiner al que va Arjuna, están en trámite para su aprobación.

El día escolar de Arjuna empieza antes de ir a la escuela. Junto a sus padres aprontan los alimentos «saludables» que llevará ese día -no hay cantina- y que compartirá con el resto de los compañeros de tercer año. A las 8.15 de la mañana llega al colegio ubicado frente al Estadio Charrúa. Usa ropa cómoda y, en lo posible, de materiales no sintéticos. Es que en el Rudolf Steiner, que pregona la pedagogía Waldorf, se hace hincapié en el cuidado de la naturaleza. De hecho los juguetes de plástico están vedados y la cartelera es en base a madera y productos reciclados.

Al llegar es recibido por su maestra, que lo mira a los ojos -dicen los defensores de esta pedagogía que es la manera de saber cómo está el niño ese día- y junto al resto de alumnos van formando una ronda. Hay cantos, versos y tocan la flauta. Es que para el austríaco Rudolf Steiner, el creador de esta alternativa educativa en Europa en 1919, tocar este instrumento permite la maduración de los pulmones y genera una armonía corporal, espiritual y mental. La combinación de estos tres elementos (cerebro, corazón y manos, lo llaman) se repite en toda la propuesta escolar.

Visto desde afuera se asemeja al trabajo de los recreadores de campamentos. Esa misma ronda a la que acuden los diferentes alumnos de Primaria (solo hay segundo y tercer año, y el jardín hace su actividad por separado) se va «achicando» y cada niño pasa a formar un segundo círculo ya en el aula solo con los compañeros de clase. Esta vez la propuesta cobra un sentido más cognitivo. Mediante juegos, ritmos, dibujos e historias se aprenden las diferentes materias, cada una en un lapso de cuatro semanas. Así a los siete años se empieza a entender el mundo desde la matemática, a leer y escribir, porque es a esa edad «cuando el niño necesita ponerle nombre a los ritmos que va sintiendo en el cuerpo», explica Úrsula Vallendor, inspectora de los colegios Waldorf en Sudamérica.

En los años anteriores todo es más lúdico y manual. «El niño no tiene nada que entender, pero tiene todo por descubrir», dice una de las premisas. Hacen énfasis en aprender a tejer -el propio Steiner sostenía que favorece las terminaciones nerviosas del cerebro-, usan muchos colores y pintan cuadros con una marcada espiritualidad (no religiosa). A la inversa, los elementos más tecnológicos, como la computadora, se incorporan más adelante.

¿Por qué? Cada paso está fundamentado en el estudio que hace Steiner de la madurez del niño y lo que se busca «es su sano desarrollo para que sea libre», cuenta Alejandra Franco, quien además de docente de manualidades es madre del colegio. Su esposo, Fabián Tena, es pediatra y colabora como médico escolar. Además de ayudar en casos concretos (es una escuela de integración a la que acuden también personas con discapacidades), evalúa el proceso de todos los niños y su opinión es fundamental para determinar si el alumno está pronto para pasar del jardín a la escuela. En ese sentido, a diferencia de lo que ocurre en la formación tradicional, bajo la pedagogía Waldorf son pocos los casos de repetición.

Como Alejandra y Fabián, los padres de los 74 alumnos del colegio se involucran, en mayor o menor medida, con la institución. Forman comisiones, elaboran muñecos para vender y recaudar fondos y concurren los miércoles a estudiar sobre la pedagogía que está presente en más de 2.000 centros educativos del mundo y es reconocida por la Unesco.

Ciro, el padre de Arjuna, suele decir presente. Fue él quien diseñó el sitio web de la escuela y es él quien siente que cada vez que va a buscar a su hijo le cuesta irse del lugar.

A los docentes les sucede algo similar. Tienen formación clásica, porque es una exigencia estatal, pero se involucran de lleno en la tarea especial que requiere el método. De hecho, la maestra de Arjuna hace once años que dicta clase y si bien estuvo en otras instituciones privadas, dice que nota una diferencia en las ganas y el estrés. «En otro colegio privado en el que trabajé tenía que armar productos para una muestra de fin de año que contentara a los padres y la directora», dice. Ahora «todo es diferente. Nos centramos en cada niño y no en la masa».

Meditación.

En una vieja casona del Prado, que una vez fue hogar de Juan José de Amézaga, un cartel reza «silencio». En el colegio Incre, otra de las alternativas a los métodos tradicionales, los primeros 15 minutos del día se dedican a armonizar. Parece llamativo pero mientras los niños del jardín hacen ejercicios de visualización y respiración, los más grandes del liceo dedican ese tiempo a meditar. Así los 180 alumnos, divididos en clases que no superan los 15 chicos, empiezan la jornada educativa que además de los contenidos más clásicos (en este sentido es más tradicional que la pedagogía Waldorf) hace énfasis en las emociones y el equilibrio energético.

La idea, que no se basa en ninguna teoría específica, cumplió el jueves 20 años. Fue la concreción del sueño de Miguel Ángel Domínguez y su esposa Alicia. Ambos eran docentes en una escuela religiosa. La congregación les pidió diseñar un modelo de escuela laica y ellos presentaron su proyecto que no fue aceptado. Fue ahí que se dieron cuenta de que era el momento de embarcarse en su propio sueño. Una modelo que dejara de hacer foco «solo en el aspecto racional del ser humano y atendiera las inquietudes anímicas y personales», comenta Miguel.

A simple vista no se nota lo «alternativo». Todos usan uniforme, incluso los 70 funcionarios (sí, cada dos alumnos y medio hay un adulto dedicado a aspectos pedagógicos), y el salón está ordenado al mejor estilo vareliano. Pero si se recorre más a fondo uno se puede encontrar con talleres de yoga y artes marciales que son parte central de la propuesta educativa, una huerta orgánica, o bien un comedor que solo ofrece comida vegana.

Al igual que en el colegio Rudolf Steiner no hay calificaciones y a los padres se les asigna un rol «más activo» que el convencional, cuenta Miguel, quien una vez por mes dicta talleres específicos para los adultos. Incluso suelen hacer devoluciones conjuntas de la evolución de los alumnos y abrir espacios de reflexión. «Cuando alguien está angustiado no se lo reprime, al contrario, es un excelente momento para trabajar sobre lo que sucede», sintetiza el fundador.

«La vida es una obra de arte, nosotros somos los artistas y la obra a la misma vez». Esa es la cosnigna que pregona este colegio devenido en comunidad. «La dificultad no está afuera sino que uno mismo se la crea y, por tanto, uno mismo la puede superar», comenta el director. De ahí que los índices de abandono y repetición son extremadamente bajos y la adaptación de los egresados a otros colegios -hay hasta tercero de liceo-es «excelente», asegura, «porque el estudiante aprende a conocerse y a no perturbarse ante la adversidad».

Natural.

El colegio CENI tiene más de 30 años y aún así se lo sigue tildando de «innovador». ¿Por qué? Utiliza una metodología que parte de la experiencia del niño, que es abordada desde diferentes ángulos. Es la pedagogía natural e integral.

Todo comenzó cuando la creadora de la metodología, la uruguaya Cledia de Mello, notó en la escuela rural en la que trabajaba que existía una disonancia entre lo que se enseñaba y el ambiente en el que el niño vivía. Los alumnos acudían a clase a caballo, veían pájaros, reptiles y plantas y, sin embargo, aprendían -en algunas escuelas tradicionales se sigue haciendo- a leer y escribir hablando de osos (por la repetición de las letras «o» y «s»).

Pero desde cualquier animal, si es inquietud del alumno, se puede incorporar mucho más, dice la directora Cristina Etorena. «Los reptiles», ejemplifica, «son parte del programa de quinto de escuela, quizás un niño puede traer antes una lagartija y desde ahí es válido para aprender». Desde ese punto de partida, que es el animal, trabajan los colores aprendiéndolos todos al mismo tiempo, se relacionan sentimientos, movimientos, cuestiones de género y temáticas según la edad. «Podemos hablar de mamíferos, cerebro o la muerte en edades en que para la escuela tradicional es algo prohibido». Y esta idea en el CENI se extiende a todo el entorno. No necesariamente se trata de cuerpos de la naturaleza, sino objetos del diario vivir: una computadora, una muñeca y hasta las propias relaciones humanas.

Por eso en el patio del CENI, en el barrio Atahualpa, no existen juegos armados y en su lugar un enorme timbó hace las veces de tobogán, nave espacial y estructura que sostiene las telas del taller de circo. Porque lo que se busca es fomentar la creatividad y que el niño juegue con la imaginación en un entorno natural en el que también hay conejos y gallinas.

En la medida que no se esté contaminando el medio ambiente, los elementos de la naturaleza son llevados a clase. Ya en el último año de jardín observan en el microscopio, hablan de microorganismos y de átomos. Y dos años antes hay un primer acercamiento a la lectroescritura, tratando de ponerle forma a las letras de una palabra que se siente en la garganta y boca. Es así que cuando llegan a primero de escuela, los alumnos del CENI leen con una fluidez poco común en un centro tradicional.

«Lo que es natural es nuestra forma de pensar y de ahí que el programa deba adecuarse a esa particularidad», comenta Etorena. «¿Por qué enseñar los colores por separado si el niño está inmerso en un mundo que le ofrece todas las tonalidades al mismo tiempo?», se pregunta.

En este sentido, al potenciar las inquietudes propias del niño, en el CENI son bien recibidos aquellos estudiantes que el sistema tradicional excluye: los llamados superdotados y los alumnos con dificultades de aprendizaje. Y se busca, explica Etorena, que exista un equilibrio entre el saber cognitivo y el desarrollo social.

A ninguno de los 250 alumnos se los califica ni se les escribe un concepto -dicen que es otra forma de etiquetar-; en su lugar se habla con el estudiante y los padres. Y los abanderados son elegidos por los propios compañeros. Es una escuela diferente.

Modelo viejo, gente nueva

«La escuela utiliza un diseño industrial del siglo XIX, con maestros del siglo XX, en el siglo XXI». De esta manera la investigadora Denise Vaillant, de Universidad ORT, resume el modelo educativo actual. Y, al mismo tiempo, advierte que todas las alternativas que han surgido en América Latina no son más que experiencias aisladas. Le Escuela Nueva, en Colombia, es dentro de ellas la que más ha incidido en un sistema oficial.

Los mitos más extendidos sobre las escuelas alternativas

«Cuando hay niños con capacidades diferentes se empareja para abajo». El basquetbolista Bruno Fitipaldo estudió en el colegio Novalis, antecesor del Rudolf Steiner, y que utiliza la pedagogía Waldorf. Fue allí porque su hermano tiene síndrome de Down y los padres optaron por una opción escolar «más integradora». Al ser consultado sobre este mito, respondió: «En la vida no hay que buscar juntarse con el más vivo, porque a veces resulta no ser el más vivo». En este sentido, Cristina Etorena, fundadora del colegio CENI, explica que «la heterogeneidad favorece el aprendizaje».

«Quienes estudian bajo estos modelos terminan siendo vagos». Los directores de las tres escuelas analizadas coinciden en que la mayoría de sus graduados desarrollaron «excelentes» carreras profesionales y han tenido una vida que la sociedad cataloga como exitosa.

«Para ser alternativo hay que tener plata». La cuota mensual en el colegio Rudolf Steiner es de 5.000 pesos en el jardín de infantes y 6.000 en primaria. El colegio Incre cuesta 6.500. Por lo que, dicen las autoridades, no se trata de propuestas «caras» sino de «ganas».

Del niño que hace al que sólo piensa

«He escuchado a las máximas autoridades del sistema de Educación Inicial y Primaria admitir que el niño en el tramo inicial es creativo, plástico, innovador, proactivo, lleno de recursos, hasta segundo o tercero de Primaria; pero luego todas estas características van desapareciendo», dice Adriana Aristimuño, directora del Departamento de Formación Humanística de la Universidad Católica. Ante esta situación la investigadora plantea dos hipótesis: se debe a que el plan y su puesta en práctica lleva a ese resultado, o el docente se ve determinado por factores externos -condiciones de trabajo, relación con la escuela y la comunidad- para que ello ocurra. La problemática, comenta la experta en educación María Teresa Sales de la Universidad de la República, se instaló hace un siglo con «la incipiente teoría curricular». Y «la educación no ha encontrado solución». En la actualidad, dice, se insiste en el trabajo «por competencias» como forma de superar una «enseñanza enciclopédica», lo que también es discutido.

Fuente: El Pais

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