Enseñando a programar a un hombre sin hogar

Encontrar noticias positivas ya no es algo frecuente, en realidad son poco comunes. Y esta tiene esta particularidad. Ver hoy en día a alguien que se interesa por alguna persona ajena a su círculo familiar o de conocidos sin

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esperar nada a cambio, y aún más, con una característica especial, este es un “desprotegido” y es el tipo de personas hacia quien difícilmente volteamos a mirar y aún menos  pensamos en interesarnos por ellos. Y otras veces cuando volteamos a mirar hacia ellos lo hacemos con una mirada de desconfianza o aun de indiferencia, si no es que de menosprecio, posiblemente por la gran contradicción que nos despiertan, pues lo último que quisiéramos es estar en su situación, lo cual muchas veces nos mueve a sentirnos incómodos o nos mueve a dar una “limosna” que en cierta manera nos deje tranquilos al menos en nuestra conciencia. Pues es bien sabido para casi todos en la actualidad, que dar una limosna no resuelve el problema, ni de la persona que lo recibe, aunque sea momentáneamente un alivio, para ambos quien lo da y quien lo recibe. Y así quien hizo esta acción lo deja claro cuando cita la frase: “No regales el pescado, enséñale a pescar”.

Pero en realidad lo que quiero resaltar acá, no es sobre el hecho en sí, si el dar una “limosna” es benéfico o no. Lo que me llama la atención en realidad son dos cosas: el hecho de que alguien se interese por un desconocido siendo este un “desprotegido”   y  el otro es que le ofrezca una alternativa, que le de una limosna de 100  dólares  o le enseñe un oficio y que éste acepte la opción de ser educado. Hay muchos estudios sociales y psicológicos serios que indican que a este siglo se le podría denominar el “El siglo del individualismo”, donde se resalta la “cualidad” de nuestra sociedad como la era de mayor desarrollo del individualismo  y su exaltación como una característica importante y vital para la supervivencia.

Lo vemos resaltado en el ámbito laboral, donde la exaltación de la competitividad se refleja en una forma directa, donde ser competitivo implica ser altamente individualista, pues no importa el pasar por encima de todo y de todos, solo con la finalidad única de triunfar. Así también es un hecho social el que el triunfo o el fracaso, ya no solo en lo laboral, sino en todas las áreas de la vida, se las dejamos al individuo como su responsabilidad, así de este modo si alguien fracasa, de una forma frecuente y casi constante, se realiza un “juicio” sobre la persona y se le culpa a él y sobre él recae toda la responsabilidad, de su triunfo o su fracaso como persona.

Y así vemos que casi nunca identificamos las causas de su fracaso a las condiciones sociales, podríamos decir a una ideología netamente individualista, donde no se le dan a la persona una educación real, con la cual ser capaz de afrontar los retos de la vida, enfrentándolo a una realidad para la cual no fue capacitado para sobrevivir. No estoy hablando solo de la “educación formal” que rige desde siglos atrás, donde solo nos interesa crear máquinas de competición y de generar ganancias, sino de una educación que exalte y eduque a la persona ante la situación de ser un “ser social”, “cooperativo”, apto para la vida misma.

Hoy hay también investigaciones que resaltan esto como un hecho científico, lo cual no quiere decir que necesariamente nosotros lo hallamos adoptado como un principio de vida, y es el hecho de que aquella “ley del más fuerte” es siempre el que más opciones tiene de triunfar o de ser exitoso y con mayores posibilidades de supervivencia. Hay un hecho y es que se ha descubierto que en realidad los entes biológicos más exitosos son aquellos que trabajan en mutua colaboración, como es el caso de las hormigas, abejas, las bandadas de pájaros o los cardúmenes de peces, aquellos que son capaces de “crear” y actuar con una “mente colectiva” por encima de la mente individual.

En nuestro caso, se hace necesaria una educación que tienda a educar a las personas y al colectivo en esta dirección, llevándonos a conocer estas leyes y principios de la naturaleza, que rigen y actúan sobre nosotros, sacando así a nuestra sociedad y al individuo mismo de la responsabilidad de que su fracaso personal recaiga sobre él y solo sobre él y no sea, como debería ser una responsabilidad de todos, pues al fin y al cabo somos una y la misma especie, que dadas las circunstancias actuales clama y grita por una salida y una solución que implique la responsabilidad de ser una especie “integral” con la naturaleza, esto solo con el fin, al menos de garantizar nuestra supervivencia, no solo como individuos, sino como especie y como ente social biológico adaptado a las leyes mismas de una naturaleza ya cansada de ser violada, expropiada y exfoliada por la actividad y la actitud individualista del hombre del siglo XXI.

Bien por este hombre que entiende que la actitud para resolver los problemas son la empatía, la colaboración y la educación y algo que allí mismo se deja entrever, pero que aún no se nos hace claro a nosotros y este es la creación de un medio ambiente de colaboración que lo ayude a desarrollarse y a ser aceptado y absorbido dentro de él. Y esto es lo que nuestro siglo de individualismo no ha entendido aún y que es este cambio de paradigma el que nos puede y debe sacar del atolladero en que nos encontramos.

Patrick McConlogue un programador, diseñador y emprendedor de la ciudad de New York siempre veía a un desamparado cerca del río Hudson cuando iba camino a su trabajo. Un día decidió aproximarse al desafortunado y hacerle una propuesta fuera de lo común: le dio a elegir entre 100 dólares en efectivo o 1 hora diaria de lecciones de programación por dos meses.

Para sorpresa de Patrick el hombre, que se llama Leo, eligió las lecciones de programación. El diseñador descubrió que Leo es una persona inteligente y preocupada por el medio ambiente, la política de la ciudad y otros temas profundos. «Es una persona inteligente y lógica. Más importante aún, es serio. Ahora depende de él mostrar que la dedicación es uno de sus talentos.»

McConlogue le dio a su nuevo amigo algunas cosas para comenzar y estudiar por su cuenta. Una laptop con conexión 3G a Internet y un cargador solar para que no dependiera de la electricidad. Acceso a una academia de programación online, tres libros de Javascript que cubren los niveles de principiante a avanzado y algo para que pudiera ocultar el equipamiento y evitar que se lo roben. Adicionalmente el emprendedor va a salir a trabajar una hora antes para poder dedicarle ese tiempo a su estudiante.

Las habilidades que va a adquirir permitirán a este hombre entrar a un mercado laboral de gran demanda y buenos salarios. Es una segunda oportunidad para una persona que perdió muchas batallas pero tiene ahora tiene la oportunidad de levantarse. Patrick lo va ayudar también a conectarse con profesionales del sector para conseguir un empleo una vez que tenga la calificación necesaria.

El acto de bondad de este programador ha levantado polémica. Algunos señalan que es solo otro experimento que no muestra respeto a la individualidad del beneficiado y que los desafortunados no deben ser tratados como si fueran un algoritmo o parte de una gran ecuación social. Pero son muchos más los que apoyan el viaje que ha emprendido junto a Leo y lo han expresado en la página de Facebook Journeyman Hacker que ha sido creada con esta finalidad.

«Tengan en cuenta que este es el comienzo de un largo proceso, advierte McConlogue en la página. Cualquier cosa que vale la pena toma tiempo. Esto puede haberse hecho viral pero no perdamos el enfoque. La historia de un hombre, la elección de hombre. La audiencia de Internet ahora han convertido esto en una gran oportunidad».

Como dice el refrán es mejor enseñarle a un hombre a pescar que darle un pescado todos los días. ¿Qué creen ustedes? ¿Tiene Patrick McConlogue la motivación correcta? ¿Darán fruto sus esfuerzos? 

Fuente: Yahoo Noticias

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