Relaciones entre padres e hijos

Las relaciones entre padres e hijos cuentan siempre con esa cuota de cierta complicidad, con conocimientos que viajan de generación en generación, con rituales compartidos, como un asado o el fanatismo por un equipo de fútbol, con un nudo de corbata, o con un consejo para escribirle una carta a una novia.

“Cuando me enteré que mi mujer estaba embarazada de un varón, lo primero que pensé fue en hacerlo socio de San Lorenzo”, recuerda Oscar Martínez Chávez, padre de Sebastián, quien tiene hoy 21 años y comparte con su padre la pasión por el equipo de Boedo. Además del fanatismo, también le traspasó a su único hijo otras enseñanzas: en unas vacaciones en Santa Teresita le dio lecciones de manejo, y luego lo acompañó a rendir el examen para obtener la licencia de conductor; y después de varias veces de tenerlo como ayudante, le delegó la tarea de preparar un asado para la familia. “Siempre traté de estar mucho con él, de acompañarlo, de darle mucho tiempo. A veces creo que como es hijo único por momentos exageré en la atención que le di, pero no me arrepiento para nada”, se sincera Oscar, que sólo se lamenta que a Sebastián nunca le haya interesado seguir su oficio de electricista.

Comentario:

En el pasado, los padres no pensaban en tomar clases especiales para aprender cómo criar a sus hijos. Todos nos desarrollamos como si cada uno de nosotros practicara una educación común y natural. Los jardines infantiles y las escuelas aparecieron durante el periodo de industrialización, cuando la gente comenzó a trabajar en las fábricas y las madres también tenían que comenzar a trabajar. Hasta entonces, la mayoría de los niños crecieron en casa de manera natural.

Hoy en día  nada es más importante que la educación. Y lo vemos porque todos estamos experimentando una crisis en esta área. La gente nunca pensó que fuera a necesitar seguir cierto sistema en educación y que la generación que está creciendo requeriría de un acercamiento sensible.¿Quién nos enseña? ¿Qué criterio seguir, que método, que programa? En lugar de recibir educación en las escuelas, nosotros recibimos conocimiento.

En general, las escuelas aparecieron cuando surgió la necesidad de traer a los campesinos a las ciudades, porque ellos necesitaban que se les enseñara la gramática elemental y la aritmética para poder trabajar con maquinas industriales simples. La gente necesitaba que se les enseñara a leer y a entender los manuales. Este fue el principio de la institución escolar para las masas de doscientos años de antigüedad.

Nosotros mandamos al niño a escuelas especializadas en matemáticas, física o computación, sin pensar en el individuo que se convertirá esta persona. ¿A quién le importa el individuo? Lo que importa es encontrar un buen trabajo en nuestra vida de hoy.

Además, esto está pasando por que la humanidad no ha llegado a un consenso, a una opinión común de lo que significa “ser un humano”. Nosotros le decimos al niño: “sé bueno con los otros de tal manera que ellos disfruten al relacionarse contigo”. A esto se reduce a menudo nuestra educación.

El problema es que la sociedad no demanda una conexión entre la gente. Y hoy, que hemos llegado a una crisis general, se destaca especialmente la crisis en la educación. Es así porque la generación joven tiene exigencias y demandas del nuevo mundo.  Somos nosotros los que no los entendemos; nosotros somos los que estamos atrasados en la vida. A nosotros no nos enseñaron a entender a estos niños.

Si queremos encontrar una conexión con nuestros hijos, con nuestros semejantes, necesitamos introducir un nuevo modelo educativo que sea integral.

“Con mi papá siempre tuve una relación muy íntima, casi como la de un mejor amigo. Es más, muchas veces, cuando tenía algo importante que contarle a alguien iba a verlo a él antes que a mis amigos”, confiesa Sebastián. En la antigüedad, el viejo modelo de la distribución de roles en la familia mostraba a un padre que pasaba todo el día fuera de la casa, trabajando, mientras que la madre era la encargada de la crianza y la que compartía más tiempo con los hijos. Oscar recuerda: “La relación que yo tuve con mi padre fue mucho más distante, más fría. Recién cuando me casé y me fui de mi casa empecé a charlar más con él, a compartir más cosas, y hoy que no lo tengo lo lamento. Por eso trato de estar siempre al lado de mi hijo.”

La psicóloga María Esther De Palma agrega en este sentido que “la relación entre padre e hijo se basa en conceptos de educación, cosas que aprendemos de la infancia. En épocas anteriores era distinto, para los padres era más difícil entablar una real comunicación con sus hijos. Sin embargo, en la actualidad existe un mayor respeto por los sentimientos y se comparten más cosas.”

Alejado un poco del estereotipo del macho argentino, el padre actual ayuda a la madre en la crianza, cambia pañales, se levanta a la madrugada cuando el bebé llora. “Antes cuando se veía a un padre solo, jugando con su hijo en una plaza, en seguida se pensaba que era viudo. Hoy eso cambió”, agrega. Oscar y Sebastián seguramente deben tener acumuladas varias millas de vuelo en vueltas en triciclo y bicicleta alrededor de la plaza que queda a tres cuadras de su casa en Vicente López.

“Los rituales más sencillos y cotidianos, como afeitarse o hacerse el nudo de la corbata, son muy importantes para los chicos”, afirma De Palma, presidente de la Sociedad Argentina de Terapia Familiar desde 1997. “Son claves para las relaciones entre padre e hijo, ya que los niños, cuando son chicos, necesitan relaciones predecibles. Y ahí está la figura paterna para acompañarlos.”

Fuente: El Clarin

También te podría gustar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *