La comida “chatarra” es un fenómeno urbano

Los nutricionistas, cardiólogos, diabetólogos y tantos otros especialistas hacen enormes esfuerzos –y con bastante razón– en busca de estrategias para que los chicos y sus familias reemplacen el hábito de consumir la comida denominada “chatarra”, que predispone mal a su metabolismo para la vida adulta, si es que no les trae problemas ya desde chicos. Las recomendaciones a través de diversos medios no dejan de llegar, incitando a unos y a otros a declarar la guerra al consumo indiscriminado de hamburguesas, salchichas y otros productos, llamados precisamente “comida chatarra” por lo fácil que resulta conseguirla y el verdadero vértigo que suscitan. Pero para que el mensaje sea realmente inclusivo, es necesario entender que la cultura del fast food es “universal” sólo a medias.

Uno de los resultados obtenidos por científicos del Instituto de Investigaciones para la Industria Química (Iniqui), del Conicet, cuando estudiaron los menús de un grupo de niños de una escuela en la población de Colanzulí (Salta), situada a 3.800 metros sobre el nivel del mar, arrojó como resultado menos chatarra entre las opciones de la dieta, y más empanadas y otras comidas tradicionales.


Plato predilecto.
Según relató María Cristina Gold­ner, investigadora asistente en el Iniqui, el primer paso para conocer la relación entre hábitos alimentarios de chicos de la Puna y jóvenes universitarios de Salta Capital fue pedir a 20 alumnos de Colanzulí, de 11 a 14 años, que grafiquen sus menús predilectos.

“Sus dibujos se vincularon principalmente a comidas andinas, como el guiso de papa verde, charqui y el anchi, un postre realizado a base de harina de maíz, jugo de limón y azúcar”, enumeró Goldner. Curiosamente, ninguno dibujó salchichas, hamburguesas ni papas fritas; aunque “sí llamó la atención la aparición de la pizza, pero al redactar su receta comenzaron desde la masa con harina, agua y levadura”.

Comentario:

“Dime con quién andas y te diré quién eres.” Este viejo dicho popular podría fácilmente transformarse y decir: “Dime en dónde vives y te diremos cuáles son tus hábitos alimenticios”. Somos producto de nuestro entorno, de la educación que nos dieron nuestros padres, de la ideología de las escuelas donde estudiamos, de nuestras amistades y de la sociedad en la que vivimos.

En este artículo podemos ver como relacionamos los alimentos con los estados anímicos o los recuerdos de las situaciones que hemos vivido y así lo clasificaron las personas investigadas.

La costumbre de consumir alimentos “chatarra” se ha arraigado profundamente en los últimos tiempos. Las demandas de la vida moderna, nos han orillado a la comida rápida, pero también a seguir la moda y frecuentar tal o cual restorán o consumir algún tipo de comida.  Con ello creemos que vamos a llenar un vacío o que vamos a encontrar la felicidad ya que consciente o inconscientemente relacionamos el alimento con las emociones.  Se ha visto a través de las diferentes investigaciones científicas que comer comida chatarra en exceso lleva a consecuencias muy peligrosas, como son la falta de nutrientes, pero también a tener niveles elevados de sal, azúcar y grasas en nuestro organismo, que suelen ser nocivos para la salud.

Una buena alimentación es esencial para el buen funcionamiento de nuestro cuerpo. A cada uno de nosotros nos toca decidir cómo alimentarnos, pero a continuación enumeramos algunos sencillos pasos a seguir que nos ayudarán a conservar la salud.

-No comer rápido

-Vigilar nuestra alimentación cuando hemos detectado un estado emocional compulsivo como son: la depresión, la ansiedad.

-Comer mínimo 3 veces al día de preferencia 5.

-En la medida de lo posible consumir alimentos naturales.

-Leer en los empaques las fechas de caducidad, el contenido y la tabla de nutrientes.

-Crear un ambiente tranquilo y agradable a la hora de la comida.

“Como dato, nos llamó la atención la preferencia de los niños de Colanzulí por la gelatina”, agregó la investigadora entre los resultados.

El segundo paso fue realizar un test de asociación libre a 448 estudiantes universitarios, entre 18 y 30 años, de la ciudad de Salta. Les pidieron que escribieran los primeros pensamientos o sentimientos que se les venían a la mente frente a los menús que los investigadores replicaron en un laboratorio.

Después se realizó un estudio de aceptabilidad, para evaluar el nivel de agrado y sus resultados, publicados en la revista especializada Appetite , mostraron que platos como el pastel y puré de papas andinas o la empanada de queso tuvieron tal aceptación en la ciudad que podrían ser incorporados a su dieta. Sin embargo, se observaron diferencias en cuanto a los aportes nutricionales de cada menú.

En las comidas preferidas de los niños andinos puede advertirse algún desbalance proteico y un exceso de hidratos de carbono. Sin embargo, Goldner aseguró que “el consumo de verduras por parte de estos niños no parece ser un problema, ya que las comen en sopas y mezclas de vegetales”. Y agregó que esos preparados constituyen la forma en que más les gusta alimentarse.

Imágenes sociales de la comida. “Les preguntamos con qué relacionaban los menús dibujados por los niños de la Puna y, en general, los identificaron como platos tradicionales andinos”, afirma la investigadora María Cristina Goldner. Algunas de las comidas más conocidas por los consumidores urbanos fueron asociadas con distintas situaciones y emociones. El pastel de papas se vinculó principalmente al “hogar”, la pizza se asoció a “eventos sociales”, y las sopas, pucheros y el salpicón con lo “familiar y la pobreza”.

Finalmente, un tercer resultado del estudio se relacionó con la disponibilidad de los ingredientes. En su mayoría, los platos dibujados por los niños de la Puna contenían materiales obtenidos localmente (o que se podían adquirir en mercados cercanos). De acuerdo con las estadísticas, sólo el 39 por ciento eran productos industrializados.

Fuente: La Voz

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