Desahuciados e hipotecados

 

Barcelona está llena de turistas. El número de noches reservadas en los hoteles aumentó el año pasado. Los establecimientos cercanos a la Plaça Catalunya siguen sirviendo cafés a precios desorbitados, mientras que la policía espanta a los mendigos. Para encontrar la crisis, hay que alejarse unas cuantas calles.

En una intersección de la Avinguda Diagonal, me encuentro con Pedro Panlador, un hombre menudo que se ha parado frente a una sucursal de Bankia. Quiere irrumpir en el banco y protestar. Unas cuantas personas que piensan igual que él se han unido en su objetivo. Han llamado a las oficinas de los periódicos para que informen de su protesta, pero los periódicos han rechazado el ofrecimiento. En este momento se están produciendo actos similares en los bancos de toda España.

Comentario:

Estos jóvenes que todo lo tienen, preparación, que han viajado y tienen gran conocimiento del mundo, de otros pueblos y otras tradiciones, han vivido en una sociedad que fue creada para promover el consumismo en todos sus aspectos, incluyendo el inmobiliario, que dicho sea de paso, es de vital importancia para las parejas que buscan formar una nueva familia. Todos se fueron con la ilusión de adquirir posesiones como si no se tuvieran que pagar en un plazo fijado con grandes intereses.

En el fondo todos tenemos deseos que van creciendo en calidad y cantidad: el teléfono portátil que ayer nos parecía suficiente, ahora debe contar con otras modalidades, herramientas, etc., de manera que dentro de un año el que tenemos ahora estará rebasado; algunos lo tirarán a la basura adquiriendo uno nuevo,  y esto se aplica a cualquier objeto que ustedes propongan. 

Somos una sociedad de usar y botar al cesto. Esta esencia nuestra no es mala o buena en sí misma. El problema es que hemos creado este sistema económico en donde el hombre ha pasado a segundo término.  El deseo de enriquecimiento de los promotores inmobiliarios, de los banqueros y de todos los negocios involucrados, nunca pensaron en dar una vivienda adecuada a los habitantes, sino en enriquecerse y aprovecharse de este medio.

Ahora la ilusoria burbuja económica sigue su curso al igual que el disgusto social ya que las personas no pueden acceder a lo más básico de sus necesidades que es un trabajo y una vivienda.

La solución sigue siendo la responsabilidad que tomemos todos y cada uno de nosotros en el sentido de que los seres humanos que pueblan nuestro planeta cuenten con estos satisfactores básicos. Aunque parezca increíble, si todos nosotros tomamos consciencia, solamente esto, el panorama tan desolador que se presenta ante nuestros ojos, se transformará en un futuro en el cual todas las personas tendrán un lugar en la sociedad.

Bankia, un banco de Madrid [creado en 2010 tras la fusión de siete cajas de ahorros regionales], desahució a Panlador de su piso porque dejó de pagar la hipoteca. En los tres primeros meses de este año, se han desahuciado cada día a 200 ocupantes de pisos y casas en toda España.

Panlador, que nació en Colombia, lleva 12 años viviendo en Barcelona. Actualmente su deuda asciende a 242.000 euros. Antes de la crisis era chófer. Ahora lleva en paro más de dos años. Los viandantes pasan a su lado, unos le animan y otros aplauden. Nadie cree que esté mal plantarse delante de un banco y llamar a los empleados «delincuentes». Panlador dice que su intención es seguir la protesta de forma «pacífica» y que sólo quiere «hablar con el director».

Una deuda para toda la vida

Bankia perdió 3.000 millones de euros en 2011 y ahora el banco necesita más de 20.000 millones para evitar la bancarrota y arrastrar consigo a todo el sistema financiero español. Su último director fue Rodrigo Rato, exministro de finanzas bajo la presidencia de José María Aznar. Rato además fue director gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI) hasta 2007. Puede que el FMI tenga que rescatar en breve a España. Parece un chiste.

Panlador y sus compañeros están listos para irrumpir en el banco. Es la primera vez que lo hacen. Panlador ya acampó antes frente a una sucursal de Bankia, pero cree que con su acción de hoy se llama más la atención. Hace acopio de valor y camina hasta la entrada, donde ve que la sucursal ha instalado una puerta de seguridad y un timbre. Llama al timbre. Bankia no le abre la puerta. Panlador se gira hacia los demás. Parecen no saber muy bien qué hacer. Al final, alguien empieza a tocar un silbato. Panlador pega unas cuantas pegatinas sobre el cristal. En la pegatina se puede leer que los bancos tienen que dejar de perseguir a los clientes como si fueran delincuentes y acabar con los desahucios. Parece que España se ha convertido en un país de protestas tristes.

Panlador retrocede unos pasos. La bancarrota personal no existe en España, puesto que la gente tiene que seguir pagando la hipoteca. Su deuda de 242.000 euros le perseguirá toda su vida. «Estoy cansado», dice.Uno piensa que las protestas deben lograr su objetivo en alguna ocasión, algo que dé esperanzas de que la lucha merece la pena. También es importante saber quién es el enemigo. ¿Quién tiene la culpa? ¿Bankia, porque concedió un préstamo de un cuarto de millón de euros a un hombre que ganaba 940 euros al mes después de impuestos? ¿O Panlador, porque firmó el préstamo? Nadie le obligó a hacerlo. Quizás la culpa es de los dos.

O quizás la tenga ese mar de oportunidades de entonces. El sector de la construcción seguía creciendo y se ganaba dinero por todos lados. Se conseguía dinero barato y los bancos prácticamente lo regalaban, las casas parecían financiarse solas y además abundaban los trabajos.

El país se convirtió en un gran casino

Todo esto convirtió a los españoles en ludópatas y al país en un gran casino. La gente ya no tenía que sufrir la humillación de que el vecino tuviera una casa en Conil, en la Costa de la Luz, mientras ellos sólo tenían una casita de fin de semana a las afueras de la ciudad. ¿Quién habría imaginado que todo acabaría con gente como Pedro Panlador, postrado frente a un banco sin que le abran la puerta?

Le doy la mano y le deseo suerte. Barcelona es una ciudad bonita, mucho más que Berlín, Frankfurt o Múnich, a pesar de los carteles de «Se vende» que cuelgan de los balcones y de los comerciantes de oro que abren establecimientos en cada esquina para vender las joyas de los españoles desesperados.

Para mí, la ciudad es como la mujer del director de una fábrica que se niega a reconocer que la empresa está en bancarrota. Sigue teniendo su chaquetón de piel, su anillo de diamante y su vajilla de porcelana, pero todo el mundo sabe que pronto acabará todo.La tasa de desempleo en Barcelona pasó del 7 al 17,7 por ciento el año pasado. Barcelona es la ciudad más rica de España y aún así, el 17,7 por ciento de su población activa no tiene empleo.

Me subo en el coche y salgo de Barcelona. Tengo una cita en Sabadell, una ciudad repleta en otros tiempos de fábricas de textiles. Voy a conocer a Antonio, un padre de familia, que también ha perdido su hogar. Pero no quiere irrumpir en un banco para protestar. En lugar de ello, ha decidido defenderse. Ha ocupado un piso.

Es mediodía y Antonio espera en la puerta del piso. Sabe lo que estoy pensando. Antonio se parece a George Clooney.

«Sí, lo sé», comenta, «me lo dice todo el mundo».

Antonio pasa al estrecho pasillo y me enseña el minúsculo cuarto de baño, una cocina americana con un frigorífico enorme y un dormitorio en el que hay dos camas y sobre cada de ellas, un peluche.

«Eso es todo», comenta Antonio. Un bajo con dos dormitorios, su nuevo hogar. En el cuarto de baño hay apiladas varias cajas.

«¿Cuánto tiempo lleva aquí?»

«Dos días».

«¿Y cómo entró?».

«No se lo puedo decir, pero antes fui soldador. Mañana será el primer día que duerman aquí mis hijas».

Antonio tiene dos hijas, de 14 y 17 años. La más joven va al colegio y la otra está en un programa de formación de peluquería. Pero por la crisis, no le pagan y además es la única de su promoción que aún no ha encontrado ningún trabajo. Antonio aparta a un lado un pato de peluche y se sienta sobre la cama.

Sin alternativas

Antonio Zamora Hidalgo, de 47 años, un tipo callado, comenzó su lucha contra el sistema hace dos días. Trabajó durante más de 20 años en una fábrica de metal y durante 12 años pagó la hipoteca de su piso al BBVA, un importante banco español. Cuando dejó de pagar, lo perdió todo.

En España no existe nada equivalente a los pagos del programa Hartz IV de Alemania para los desempleados de larga duración. Sin embargo, existe una norma que estipula que el prestatario no puede devolver simplemente la propiedad al prestamista como pago de su deuda. En el peor de los casos, pierde la propiedad y sigue debiendo al banco el precio total de compra.

Hidalgo se quedó sin opciones. No sabía qué hacer con sus hijas. Su mujer le abandonó porque no pudo soportar lo que le ocurrió a la familia. Antonio recurrió a PAH (Plataforma de Afectados por la Hipoteca), una iniciativa local en Barcelona, donde le dijeron que el 20 por ciento de los pisos en España están vacíos. Uno de ellos es este piso en Sabadell, que lleva cinco años desocupado.

El pequeño piso está en una tranquila calle del barrio de Can n’Oriac. Es propiedad de Caixa Catalunya, una de esas megalómanas cajas de ahorro provinciales de España que concedieron hipotecas indiscriminadamente en los últimos años y tuvieron que ser rescatadas con el dinero del contribuyente.

«¿Se imaginaba que sería así?», me pregunta Antonio.

Observo la diminuta habitación. Las dos camas ocupan prácticamente todo el espacio.

«Bueno, si decidió ocupar ilegalmente un piso, ¿por qué no uno más grande?», le pregunto.

Antonio se ríe. No se refería al piso, responde, sino a la situación en España.

«Yo le puedo contar cómo es la situación», dice Antonio. «La situación es que tipos como yo estamos ocupando pisos».

Me pregunto entonces de quién es la culpa, mientras conduzco por la autopista. Este hombre nunca ha tenido problemas con la policía. No bebe, no es un anarquista ni un extremista de izquierda y ni siquiera ve las noticias. Y ahora es un ocupante ilegal. Puede que simplemente tuviera mala suerte y se viera arrastrado cuando se vino abajo el sistema de préstamos baratos y precios desorbitados en el mercado inmobiliario del llamado milagro económico español, un periodo que la revista Time describió en su portada con el título «España despunta».

Fuente: Presseurop

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