Rincones mágicos de la Tarahumara

Para adentrarme a esta tierra sagrada para los tarahumaras salgo desde la ciudad de Chihuahua con rumbo al pueblo de Creel, donde haré base. En mi camino cruzo grandes y productivos campos que dan alimento a todo el país. La región de Guadalupe es número uno en producción de manzana. Más adelante, cruzo la ciudad de Cuauhtémoc, donde vive la comunidad más grande de menonitas del país, mayores productores del queso chihuahua tipo manchego.
Conforme me acerco a la sierra y las llanuras dejan su paso a un terreno más escarpado, cruzo entre dos laderas la vía del tren. Imagino a los ejércitos revolucionarios escondidos tras las estas colinas aguardando el asalto a los convoyes federales, allá por 1915.
basaseachi
Por fin llego a Creel, el centro neurálgico de la actividad turística de la zona. En este poblado vale la pena ver la artesanía tarahumara que se vende. Existe desde lo más rudimentario, hasta las preciadas vasijas de barro -botokoli en lengua rarámuri- provenientes del poblado de Mata Ortíz. Estos artefactos pueden alcanzar un precio de hasta tres mil dólares en el mercado.
Seres mitológicos de la sierra
Siguiendo mi camino por las barrancas llego a un lugar que parece escenario de un relato de seres mitológicos. Se trata de la laguna de Arareko, a donde tengo la bendición de llegar a primera luz del alba, cuando la bruma se mueve misteriosamente sobre el hermoso espejo de agua rodeado de un bosque de coníferas. En seguida aparecen los seres mitológicos, en forma de artesanías. Las mujeres que acuden a las orillas de este cuerpo de agua venden tejidos que simbolizan lo más sagrado de su cosmovisión y su imaginario. En sus obras se representan a ellas mismas, a los tres elementos y a águilas, serpientes, lobos, cabras y búhos que las rodean.

Tomo dirección a la misión jesuita de San Ignacio y en el camino cruzo una llanura plagada de rocas zoomorfas que la erosión ha esculpido a través de los siglos. Figuras en forma de sapos, de elefantes y de hongos con la cabeza perfectamente redondeada flanquean mi camino por la terracería.

Por fin llego a la misión de San Ignacio, cuya principal atracción es el museo de arte sacro más importante de México, con pinturas del siglo XVIII recogidas de todas las misiones jesuitas del estado. A unos cincuenta metros de ahí se puede visitar una cueva donde una familia tarahumara ha montado el escenario de una antigua casa rarámuri, tal cual como la de sus ancestros y la de unos pocos de sus hermanos de sangre que habitan las barrancas.

Regreso a Creel para tomar mi equipaje y dirigirme tras una media hora de trayecto al poblado de Cusárare, una pequeña aldea tarahumara donde pasaré la siguiente noche. Llegó al atardecer, justo a tiempo para encontrar a un grupo de niños que me acompañan a las pinturas rupestres de la zona, las cuales representan a cazadores y venados trazados hace unos trescientos años.

Este patrimonio cultural está en riesgo de perderse, ya que algunos paseantes han buscado también inmortalizar su paso por las cuevas grabando su nombre. ¡Para eso están las pencas de maguey!

El hotel donde me hospedo, el Sierra Lodge, es un exquisito hospedaje rústico enclavado en una cañada repleta de grandes coníferas y un río cristalino. Aquí las lámparas son de petróleo, los calentadores de leña y la cocina y refrigeradores de gas. Las 20 habitaciones del hotel están esmeradamente decoradas con artesanías y antigüedades de la zona. Lo que más gusto me da saber es que la propiedad del hotel sigue siendo del ejido, cuya renta se utiliza en beneficio de más de 400 familias locales.

Fantasmas de la revolución

Me cuesta conciliar el sueño. Acabo de escuchar de un local que en el pueblo se han encontrado tesoros escondidos por los soldados de los ejércitos de Pancho Villa, que recorrieron la zona escapando de las expediciones punitivas americanas o en su camino a la toma de alguna ciudad importante. Dicen que ahí donde se han observado fantasmas o espectros de luz, es donde hay que excavar para hallar oro o plata. Verdad o mito, lo cierto es que los tesoros existen y los muertos de la época revolucionaria están por todos lados.

Me dirijo a mi último destino en este viaje relámpago por la región Tarahumara, el cañón de Urique. Para ello, tomo un coche coche a Divisadero, deonde está la estación más concurrida del CHEPE, el famoso tren que comunica Chihuahua y la bahía de Topolobampo, en el Mar de Cortés. De ahí tomo el tren económico de pasajeros hacia la estación de Bahuichivo. Recomiendo mucho esta opción para los viajeros que deseen hacer paradas durante el trayecto del tren por el Cañón del Cobre y quieran ahorrar dinero. Con un mismo boleto no puedes subir y bajar del tren, así que cada que subas al tren tendrás que pagar de nuevo. En resumidas cuentas, el servicio de Clase Económica es 50 por ciento más barato que el de Primera Express y, para beneplácito del viajero aventurado, está vacío de turistas. Mi recorrido resulta ser muy enriquecedor; converso con varios jornaleros de Sonora que toman este tren como medio de transporte para acceder a los sembradíos de Chihuahua. También me encuentro con un grupo de banda norteña que tocará mañana en la boda de la hija del presidente municipal de Cerocahui, donde bajaré del tren.

El tiempo apremia y al bajar del CHEPE tomo un taxi hacia el Cerro del Gallego, el mirador más alto del impresionante Cañón de Urique, el más alto de la Sierra Tarahumara. Me encuentro casi dos mil metros más arriba que el río que veo serpentear abajo. La sensación es de profundo vértigo. Todo parece estar en completa quietud, el aire sopla apenas, mi horizonte parece un enorme lienzo que pudiera contemplar el resto del día. Con la promesa de volver a pasar más días en estos parajes, regreso a Cerocahui, donde dormiré es espera de que mañana me inviten a la boda de la hija del alcalde.

VISITAS OBLIGADAS

La cascada de Cusárare.- A 20 kilómetros de Creel. Es de aproximadamente 35 metros. Ahí está la Misión de San Ignacio Arareko, cuyas pinturas tarahumaras están bien conservadas. Se encuentra rodeada de un bosque de pinos, casas y cuevas, aquí podrás visitar el Valle de los Hongos y el Valle de las Ranas, llamados así por la forma en que la erosión esculpió las rocas.

El lago Arareko.- A siete kilómetros de Creel. Hasta en los días menos despejados es posible observar la Vía Láctea. Este es un lugar perfecto para acampar. Siguiendo la carretera encontrarás la Piedra del Elefante y más adelante se encuentran Basihuare (40 kilómetros) y Kirare (100 kilómetros) donde se puede apreciar el Cañón de Batopilas.

Divisadero.- Se encuentra en el borde de donde empieza la Barranca del Cobre, en este lugar se puede apreciar la unión de dos barrancas: la del Cobre y la de Urique, donde bosques de pino y desierto hacen una mezcla extraña.

El Parque Nacional de Cascadas de Basaseachi.- Se encuentra aquí la casacada más alta de América del Norte, con más de 246 metros de caída. En la cima se puede apreciar el Cañón de Candameña.

Fuente: National Gepgraphic

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