Una ciudad olvidada en el mar

A ver tu mano -dice la doctora a la niña que acaba de ingresar al consultorio-. La semana pasada hice un bonito zurcido -explica- pero al día siguiente se había quitado los puntos de sutura. ¿Verdad, María Belén?”. Por todas partes nos topamos con María Belén, de seis años, cariñosa, aparentemente feliz y llena de energía.

Es una de casi 600 niños que viven en Santa Cruz del Islote, Colombia. Ese día regresó sola al centro de salud que dirige la doctora Tatiana Tuñón, de 25 años de edad, para que le revisara la muñeca. Mientras guarda varias cajas de medicamentos donadas por algunos visitantes, la doctora Tuñón habla sobre la carga que implica ser la única persona encargada del cuidado médico de uno de los lugares más densamente poblados de la Tierra: “es triste ver el poco interés que tienen los padres en la salud de sus hijos; no importa cuántas veces lo intente, se niegan a aceptar algo que implique un cambio en sus hábitos”.

ciudad olvidada
Originaria de Cartagena de Indias, a 80 kilómetros al noreste, llegó a Santa Cruz en mayo de 2007 y, como la mayoría de los colombianos, nunca había oído del islote hasta que inició su asignatura médica pagada por el gobierno. Luego de un largo día tratando pacientes sobre la mesa de exploración que también le sirve de cama en las noches, hace una rápida curación y, después de otro sermón, María Belén promete que dejará que su herida sane esta vez y se aleja observando el reloj colorido que la doctora dibujó en las vendas.

Tras seis meses de sequía, llueve por segunda vez en una semana y el islote vibra de actividad. En un callejón angosto, María Belén se une a un grupo de niños deleitados que corren por los charcos mientras una multitud creciente se apresura a sacar contenedores de plástico para recolectar el agua que cae de los techos.

En el islote, la escasez de agua y la falta de espacio crean condiciones que bordan en lo inverosímil: este día, el agua recolectada sólo servirá para enjuagar, pues se debe esperar hasta la quinta lluvia para eliminar la suciedad acumulada en los techos. El agua potable se adquiere normalmente durante la semana mediante buques cisterna del gobierno; por esta razón, tener una planta desalinizadora es una de las prioridades del pueblo.

Pero hoy, con la alta humedad en el aire y temperaturas que rara vez bajan de 27 °C, la tormenta es bienvenida y cambia el estado de ánimo del pueblo, el cual se vuelve festivo. Después de un tiempo corto, cuando la euforia ha bajado, otro grupo de niños pasa corriendo y salpica agua lodosa a un hombre mayor que los regaña.

Cualquier otro día, los jóvenes se hubieran detenido por respeto a sus mayores, pero este no es un día normal y se alejan sin hacerle caso. Es una alegría irónica en un lugar donde las condiciones sanitarias son tan precarias. La basura se acumula en el suelo donde pollos, perros y cerdos rondan libres.

Casi nadie usa calzado y la lluvia sólo logra convertir el pueblo en un pantano sucio. La mayoría de los casos que atiende la doctora Tuñón son infecciones intestinales y de la piel, aunque con el déficit constante de medicamentos siempre procura educar a la población acerca de la higiene y prevención.

Felipe Rrague, líder de eReciclaje, una organización de concientización ambiental con sede en la ciudad de Medellín, también se lamenta de la situación que impera en esta hectárea aberrante: “El islote es muy hermoso, la gente es increíble y sus necesidades están grabadas en mi corazón. Sin embargo, su falta de iniciativa es triste”.

Rrague participó en una de varias brigadas de salud que Aislados, otra organización, lleva a cabo dos veces al año en Santa Cruz del Islote. Con equipos de doctores, educadores, ingenieros y trabajadores de sanidad, Aislados busca contrarrestar la larga ausencia del gobierno.

Administrado por Cartagena de Indias y parte del Parque Nacional Natural Corales del Rosario y San Bernardo, que protege el arrecife coralino más extenso y con mayor diversidad del país, el islote tendría que beneficiarse de fondos públicos, pero está básicamente olvidado.

No hay policía y la única figura oficial es un administrador designado por el alcalde de Cartagena al que la gente ignora. Así que la estructura social de poder en el islote funciona jerárquicamente por edad y se basa en cooperación y respeto. Las mujeres gozan de la misma autoridad que los hombres.

Las más de 30 familias en este pequeño mundo viven bajo un conjunto de reglas no escritas para mantener el orden. Sin embargo, hay un individuo que representa la mayor figura de autoridad moral. Es conocido como “Tío Pepe”, abuelo de más de cien nietos y con casi el mismo número de años.

No hay registro de su nacimiento, pero se supone que es nieto de uno de los primeros colonos que llegaron al islote a mediados del siglo xix. A pesar de su edad y salud frágil, su mente es muy lúcida y recuerda muchos de los momentos y mitos que definen la historia y carácter de este lugar.

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Hecho de coral y arena, se cuenta que el islote originalmente era un lugar de descanso para los pescadores. Con su brisa constante, falta de vegetación y localización central entre las otras islas, era un santuario conveniente y mucho más cómodo que las costas de manglares de los alrededores, infestadas de mosquitos.

Finalmente, se construyeron chozas sencillas y la gente empezó a establecerse de manera permanente hasta que todo el islote se pobló. En consecuencia, las aguas y el ecosistema, naturalmente rico, están ahora muy contaminados y saturados por más de un siglo de abuso constante y desechos generados por los humanos.

No hay sistema de drenaje, así que las aguas residuales y el excremento son arrojados al mar. Adicionalmente, a pesar de la disponibilidad de un sistema básico pero práctico de recolección implementado por eReciclaje en 2004, la mayoría de los habitantes sigue echando su basura directamente al suelo y al agua.

Hay cierto grado de conciencia sobre la protección de los recursos, pero estas prácticas abiertas y destructivas no son condenadas o sancionadas por los vecinos. Quizá porque se busca evitar una disrupción del frágil sistema que les permite mantener un orden relativo y paz colectiva. O tal vez porque sienten que el mar nunca cesará de proveer y sustentar su estilo de vida.

La vida y la muerte son asuntos cotidianos en Santa Cruz del Islote. Los lugareños entierran a sus muertos en el cementerio de una isla vecina. Las familias son grandes y es común sacrificar sus propios animales para comer. Pero al preguntar sobre la mortalidad humana en la isla, la doctora Tuñón nos dice un poco sorprendida que no es mayor a la de cualquier otra ciudad grande.

María Belén está ahora en el centro de un grupo ruidoso de niños de primer año en la pequeña escuela local, en la plaza principal del pueblo. Con sus zapatos negros y su uniforme escolar, uno de los pocos gastos que tienen que hacer los padres, se ve completamente diferente. El vendaje ha desaparecido de su muñeca. Tras unos minutos, la clase empieza tan sólo con la mitad de los alumnos.

El profesor Federico Farías da la bienvenida a los alumnos de segundo grado. Pasa entre los escritorios y toca suavemente a tres estudiantes que están ocupados escribiendo. “Esos tres representan el potencial de este lugar. Son lo que me hace volver todos los días”, dice al regresar.

Farías dice que lograr que los adultos vayan a la escuela es tan importante como enseñar a los jóvenes, pero sólo asistirían si hubiera alguna motivación tangible, como raciones de comida. El plan de estudios sigue los estándares nacionales de Colombia, pero la falta de recursos y asistencia sólo permite que se enseñen los primeros siete años de educación básica.

En 2002, el gobierno japonés donó unas computadoras y más de 48?000 euros para remodelar la escuela, pero hasta hoy solamente 120 niños del pueblo van a clases y las computadoras permanecen cubiertas por la falta de electricidad para operarlas.

Para cuando lleguen a la adolescencia, la mayoría de los alumnos habrán empezado a dominar las habilidades aprendidas al trabajar con sus padres y se les habrá olvidado la escuela. Pocos han visto un automóvil y sólo algunos han visitado Cartagena.

Santa Cruz del Islote se encuentra en medio de un archipiélago donde las otras islas tienen hoteles de cinco estrellas y un alto volumen de turismo. Pero esta isla rara vez es visitada. Al pasar frente a ella, los barcos disminuyen la velocidad y la mencionan como una curiosidad.

La información que dan es errónea y exagerada: la gente no tiene que pasar por dentro de las casas de los demás para cruzar el pueblo, por ejemplo. De todos modos, los turistas toman fotografías de los niños que, emocionados, saludan y muestran su pericia en los clavados y la natación. No es fácil determinar cuál de los dos grupos sabe menos del otro, pero a ambos les fascina lo que ven.

Fuente: National Geographic

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