Mi hijo no me come. ¿Qué puedo hacer?

«Me da miedo que mi hijo adelgace», «Mi hijo no me come», «Solo come bien cuando yo no estoy», «Le tengo que distraer para que coma», «Solo pensar en que llega la hora de comer y me entra la ansiedad»… Estas son algunas de las frases que los padres suelen decir a diario los padres preocupados por sus pequeños.

Según Verónica Corsini, de Servicios Psicológicos Koan, para cualquier ser humano, la comida es uno de los primeros modos de relacionarse con el mundo exterior. «Desde el momento en el que nacemos, la relación con el exterior surge a través de las experiencias que tenemos con la boca y siempre en relación con un otro».

comer

Explica que es precisamente aquí donde entran en juego algunas variables que dependen de cada uno e influirán en el futuro:

El apetito de cada niño: Cada uno nacemos con un umbral determinado que aumenta o disminuye dependiendo del placer o gratificación que se tenga en el mismo hecho de comer.

La capacidad de tolerar la separación: Es en esos primeros momentos de relación con el otro a través de la comida donde se va regulando la capacidad de tolerar la frustración en la demora de la gratificación automática y la capacidad imaginativa para soportar la separación.

Capacidad de exploración: En relación a las variables anteriores y como se vayan tramitando, el niño va relacionando la comida como algo del exterior agradable, que le satisface, es cálido, tranquilo… o todo lo contrario, insatisfactorio, instrumental, tenso… En relación con esto, la capacidad de explorar el mundo que le rodea será de un modo u otro.

Cuando Verónica Corsini trabaja con padres preocupados por la relación que tienen sus hijos con la comida, esta especialista se centra en cuatro aspectos aspectos fundamentales:

Cada niño es distinto. Entender las variables anteriores ayudan a comprender mejor por qué un niño come de una determinada manera. Un niño come dependiendo de la forma en al que se relaciona con su entorno, por lo que se debe respetar que cada uno es distinto.

Eliminar la relación ansiedad-comida. La comida se disfruta, no se habla. Es importante poder hablar y compartir a la hora de comer y no centrarse en lo que no se come. Es decir, no dar cabida a que el conflicto se convierta en el centro de la relación. Resulta de gran ayuda que haya un tiempo determinado para comer.

Crear o fomentar el deseo. La comida al fin y al cabo, al menos en nuestra sociedad, es un placer y como tal, debe ser enseñado de manera agradable y fomentando la curiosidad. Podemos cocinar juntos, incluir en el juego alimentos nuevos… Permitir que los niños se manchen es el primer modo que muchos tienen de empezar a entender lo que son nuevos olores, texturas o colores. Si queremos incorporar algo nuevo podemos colocarlo a mano del niño para que pueda ir familiarizándose con él hasta que pueda probarlo.

No entrar en el conflicto para que no se cristalice. No entrar en el chantaje y, por supuesto, no forzar. Cuando forzamos, el niño se puede quedar fijado en un conflicto que tiene relación con el poder que tiene el otro sobre mi y como me resisto a someterme. La autoridad no se demuestra con la fuerza. Quizás si nosotros como adultos entendemos que para poder llegar al postre de chocolate antes uno tiene que pasar por la legumbre sin considerar esto como un castigo, nos será más fácil no enfadarnos con nuestro hijo si no quiere la legumbre y mostrarle, así, que las conductas tienen sus consecuencias.

Fuente: ABC

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