El aprendiz

La batalla constante Orgullo vs Humildad dentro de cada uno se puede moderar si, como padres, guiamos a nuestros hijos. Formar hijos seguros de sí mismos, chicos y chicas que se sientan orgullosos de lo que son y de lo que han logrado (o pueden lograr) es una de las tareas más importantes de los padres. Sin embargo, ¿dónde termina el orgullo personal y comienza la arrogancia y la fatuidad? El valor de la humildad supone un reconocimiento objetivo de lo que realmente somos y de lo que hemos hecho, sin caer en la presunción ni la altanería. Estas últimas actitudes, lejos de facilitar las interacciones sociales, provocan rechazo y dificultan que nuestros hijos se relacionen con otras personas. Tomemos el siguiente cuento al respecto  

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El aprendiz 

Una mañana se presentó en la panadería la prima de Justino. Venía acompañada de un chico de unos doce años. La mujer le informó que su marido acababa de morir y que le traía a su hijo Alfonso para que, por favor, lo empleara como aprendiz. Justino le dio el pésame a su prima y aceptó darle trabajo al muchacho. “Comenzarás mañana”, le dijo. La noche del día siguiente, llegó Alfonso. Tras mostrarle el lugar, Justino le explicó cuáles serían sus obligaciones: “Cargarás los sacos de harina y te ocuparás de barrer y limpiar la panadería”.

El sobrino interrumpió a su tío y le dijo que, con todo respeto, no estaba allí para hacer la limpieza, sino para preparar pan. Afirmó que no era necesario que le ensañara nada, pues él había visto cómo se hacían las distintas piezas. “Soy un experto”, aseguró el muchacho en tono arrogante. Justino sonrió y le dijo: “Muy bien, pues ya que eres un experto, te ocuparás de elaborar unos pambazos”. Dicho esto, le dio medio saco de harina, catorce huevos, manteca, sal y lo dejó solo. Un par de horas después, Alfonso abrió la puerta del horno de adobe y sacó el pan que había hecho. Aquéllos no parecían pambazos, sino pedazos de carbón. “No es culpa mía —se defendió Alfonso—, la harina que me dio usted era de muy mala calidad.

Además, los huevos estaban podridos.” El tío guardó silencio. Al día siguiente, le ordenó a su sobrino que preparara cemitas. El resultado fue aún peor. Sin embargo, el chico tampoco admitió su error. “No es culpa mía —se justificó—, la chimenea de su horno está llena de hollín y lo ahúma todo. Además, la manteca estaba rancia.” Justino volvió a guardar silencio.

Rosquetas para el Virrey

Al tercer día, el panadero le anunció a su sobrino: “El virrey, don Miguel José de Azanza, duque de Santa Fe, nos ha hecho un pedido especial. Quiere tres docenas de rosquetas, pues tendrá invitados a desayunar. Y como eres un experto, tú las prepararás. Te daré harina de calidad, huevos frescos y manteca recién comprada”. Cuando Alfonso escuchó esto se puso nervioso. “Por cierto, querido sobrino, no sé si sepas que el virrey tiene muy mal carácter. Un día compró un tonel de vino y como éste no fue de su agrado, mandó encerrar en una mazmorra al comerciante que se lo había vendido. Pero, claro, eso no es ningún problema para ti, ¿verdad?” Estas últimas palabras hicieron que Alfonso se pusiera aún más nervioso. Comenzó a sudar y las piernas le flaquearon.

Con voz temblorosa, le preguntó a su tío cuánto tiempo había permanecido preso el comerciante de vinos. “Creo que tres meses”, respondió Justino con fingida inocencia. Entonces Alfonso le pidió perdón a su tío. Reconoció que no era ningún experto y que con gusto barrería el negocio y le ayudaría a cargar los sacos de harina mientras aprendía el oficio. El panadero sonrió y juntos se ocuparon de hornear las rosquetas para el virrey.

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