Una historia de superación e integración

Las personas con capacidades diferentes poseen un gran valor además de un corazón muy especial. Todos en este mundo tenemos reservado un lugar específico que debemos llenar.  Esta joven nos muestra con su ejemplo que tener un propósito en la vida es fundamental para que cualquier ser humano alcance la plenitud.

Melisa Betiana Barberón tiene Síndrome de Down, acaba de concluir la escuela secundaria, consiguió un trabajo y, con 22 años y su perseverancia a cuestas, no deja de soñar con próximos pasos.

Por sus características estuvo apoyada en todo su proceso, en forma permanente, por un equipo técnico que la acompañó para que cursara en el Ipem 288 José Hernández, de Río Tercero. Así, en seis años terminó el secundario.

melisa

En busca de su independencia, Melisa cuenta que quiere ir sola a su trabajo. “En colectivo”, aclara en un tono dulce, con mirada fija hacia los ojos de quien pregunta.

Este año, además, trabajó mediante el programa nacional “Promover la Igualdad”, por el que percibe 1.500 pesos mensuales por cuatro horas de tareas, de lunes a viernes, en la Secretaría de Participación Social del municipio local.

El plan es temporario y no le asegura una fuente laboral hacia adelante, pero representa una entrada al mundo laboral.

“Quiero seguir trabajando para tener mi casa, para vivir sola”, cuenta para graficar sus intenciones de independencia y superación constante.

Con lenguaje entrecortado, recuerda que hace pocos días fue su fiesta de colación: “Me eligieron mejor compañera 
del curso; mi mamá lloró, yo le agarré la mano, a mí también me hizo llorar”, sintetiza con simpleza.

“Me gusta estudiar; ya extraño la escuela, los profesores”, reconoce Melisa a la vez que muestra el diploma del secundario, sin plena conciencia de que casos como el suyo son muy extraños aún.

El equipo

A juicio de Silvia Cassín (44), psicopedagoga que acompañó este proceso, el de Meli es el primer caso en Río Tercero de una alumna con Síndrome de Down que egresa de la escuela “normal” de nivel medio.

Una particularidad, en este caso, es que Melisa siempre se mantuvo en la escuela común y nunca pasó por un colegio de educación especial.

Natalí Ferro (28), su docente integradora y a la vez psicóloga, cuenta que “Meli superaba las expectativas porque apostaba por más desafíos, en el proceso en donde lo teórico se trasladaba a lo concreto, a cuestiones cotidianas”.

Explicó que, con un programa adaptado a sus posibilidades, todos los años cursó con ella Lengua, Matemática y Artística, y que para el resto de las materias la adecuación la hacía con otro docente.

La autonomía, la rutina, los hábitos y la relación social fueron aspectos que se trabajaron profundamente, según apuntan desde el equipo.

Cassín recuerda que en los primeros años de su paso por la escuela secundaria, Melisa no quería que la dejaran sola, pero que luego, al adaptarse, ya no quiso que sus docentes integradores la acompañaran a los recreos porque podía desenvolverse por su cuenta. “O pedía que la dejara a una cuadra de la escuela, para poder llegar sola”, acota en similar sentido su madre, Alicia Berardo (56).

Ferro apunta que “a veces con el bochinche que había en un curso, con alumnos que se rebelaban a acatar las órdenes del profesor, Meli se concentraba y hacía su tarea”.

La familia

La madre recuerda de varias puertas que se cerraron a nivel educativo en esta ciudad, y de otras frustraciones que a la 
vez sirvieron para buscar op­ciones.

“Había un rótulo: ella no puede. Pero eso nos daba más empuje; había que darle más herramientas. Hubo miedos, incertidumbres, dejamos mucho en el camino, como el tiempo que dejé de dedicarle a mi hijo”, reconoce la mamá, a la vez que resalta que el proceso fue un esfuerzo en el que se embarcó toda la familia.

Lo económico se hace un punto vital. “Al principio, las discapaci­dades no eran reconocidas por las obras sociales; a veces se nos iba casi todo el ingreso familiar”, rememora mientras aclara que hoy cuentan con obra social con amplia cobertura.

Mauricio Barberón (22), su hermano, subraya que “de ella se aprende constantemente, valora lo más simple”. Mientras, su papá Juan Barberón (56), no puede ocultar sus lágrimas al referirse al “orgullo” que siente por los logros alcanzados.

También compara esta alegría con el sinsabor que le provocaron las palabras de la médica que le reveló el diagnóstico de su hija, cuando Melisa apenas tenía cuatro meses: “Me dijo que no iba a hablar, ni a andar. Y yo le respondí que mi hija haría eso y mucho más”, relata. El deseo se cumplió.

Fuente: La Voz

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