“La vida humanitaria es una universidad móvil. Aprendes de cada cultura”

Carmen Garrigós es una cooperante de Unicef que ha decidido dedicar su vida a ser humanitaria.  Coordina un programa de Unicef para vacunar contra la polio en Africa y lograr erradicar esa enfermedad. “Es gratificante decir que has contribuido a liberar al mundo de una enfermedad”, reconoce.  El mundo está lleno de estas personas buenas que quieren ayudar a los demás.  El mundo se sostiene gracias a ellas.

carmen

Sus manos no paran. Tampoco su lengua que mezcla español, valenciano, francés e inglés; y a una velocidad vertiginosa. Carmen Garrigós (Ibi, Alicante, 1954) asegura que cuando vuelve a España en vacaciones tiene que volver a recordar el castellano. Lleva más de dos décadas fuera del país.

Tras estudiar salud pública en Francia, enfermería y un máster de periodismo en España, con 36 años comenzó su periplo africano, que ha durado más de dos décadas hasta que hace aproximadamente dos años y medio se trasladó a Afganistán. “Me quería ir, quería ser humanitaria”, explica con simpleza sus motivos. Así lo hizo. Garrigós emprendió el viaje hacia la que ha sido su vocación desde que en el colegio escuchaba a los misioneros que acudían para hablar de los sufrimientos de los niños en países africanos. “Me emocionaba. Siempre soñé con poder contribuir a que las penas de aquellos niños fueran menores. Hoy, me siento feliz de poder hacerlo”, relata.

 

Su vida nómada no ha impedido que eche raíces allí donde ha ido para coordinar programas de vacunación o las oficinas de Unicef en distintos países. “Mis misiones son largas, soy de retos duros”, dice. En todos sus destinos –Somalia, Senegal, Ruanda, Sudán del Sur, Afganistán– se ha sentido como en casa. “Me adapto fácilmente”. En los países musulmanes, por ejemplo, no tiene problemas en cubrir su pelo, ahora en parte cano, con un velo. “Es muy importante descubrir las idiosincrasias de las comunidades y respetar cómo se rigen”, señala.

“No podría elegir un favorito. Adoro…”, y menciona todos los países en los que ha vivido. “Todos dejan una marca especial”, explica. Más que la fotografía de un lugar, lo que Garrigós conserva en su memoria es “la mirada de las madres cuando distribuyes material en zonas en conflicto”. “Y las caras de los niños”, añade. “Solo con la expresión te dan las gracias, no hace falta que entiendas su idioma”, apunta.

Sin dejarse caer en sentimentalismos, a Garrigós se le escapa una sonrisa cuando relata que ha pasado la malaria varias veces. “Gajes del trabajo. Pero vale la pena por las experiencias y ver que contribuyes”, zanja. Esta valenciana, que demuestra su origen con una parrafada en su idioma, se siente afortunada por su actual labor: coordina un programa de Unicef para vacunar contra la polio en Afganistán y lograr erradicar esa enfermedad del país en 2014. “Es gratificante decir que has contribuido a liberar al mundo de una enfermedad”, reconoce. Y lo están consiguiendo. Se levanta para señalar en un mapa colgado en la pared el sur de Afganistán. “Aquí lo hemos hecho bien. Este año hemos conseguido que no haya ningún caso en la zona”.

Otro de los logros ha sido que un gran grupo de mujeres pueda vacunar. “Pero eso es en las ciudades, en las zonas rurales lo hacen más los hombres”, matiza. El papel de los trabajadores locales, señala Garrigós, es fundamental. “La vacunación es casa por casa para asegurarnos que ningún niño de menos de cinco años se queda sin vacunar. Como son unas gotas, se pueden llevar en un termo”, detalla la trabajadora humanitaria. “Nuestra labor es formarles. Hacer hacer”, explica.

Pero el trabajo humanitario, por gratificante, no deja de ser difícil. “Somos personas con el dolor de cerrar puertas y las fuerza de abrir otras. Dejamos muchas cosas porque creemos que las aptitudes que tenemos pueden ayudar a otros”. Sin duda, una de las aptitudes de Garrigós es su destreza con las palabras. Una faceta muy útil para explicar los programas de Unicef en las comunidades en las que trabaja para que desde los civiles hasta los grupos armados acepten su presencia y ayuda. “Yo no negocio, hablo”, se apresura a matizar. Con todo, resta importancia a su habilidad y subraya que “lo relevante es saber cómo está formada la comunidad y quién tiene el poder de decisión”. Ese es el reto, dice, para poder llegar a los más vulnerables.

Como si de una balanza se tratase, Garrigós compensa las dificultades que apunta en su relato con un contrapunto positivo. La vida nómada, la tensión de hablar con quien no siempre quiere dialogar o vivir para ayudar a los demás son, para ella, una oportunidad. “La vida humanitaria es una universidad móvil. Aprendes y te beneficias de cada comunidad, de cada cultura”.

Fuente: El Pais

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