Un padre

El amor de un padre es como un diamante tallado con la minuciosa labor diaria que crean las facetas que lo vuelven luminoso.  Su amor no es biológico, como el de una madre que ama a sus hijos porque los llevó en sus entrañas y los siente parte de su ser físico.  El amor del padre tiene que ir más allá y amar a sus hijos porque son.  Es intangible y espiritual. El buen padre piensa que si hace feliz a la madre, ella se encargará de criar hijos felices.  El buen padre sabe que su amor no es silencio, abstracción.  Sabe que es pensamiento que pasa por el corazón y se convierte en palabras, en múltiples charlas durante los paseos y distracciones que planea para sus hijos.  Sabe que su plática tendrá que ser formativa, firme, rectora, como el escultor que con su cincel puede dar a la piedra las más delicadas formas.  Sabe que un mal golpe puede echar abajo toda la obra.  Sabe que con sus palabras creará mundos, realidades.  Sabe que su ejemplo creará hábitos, actitudes. El amor del padre enseña que las palabras pueden crear puentes que unen mundos y que existen palabras que crean abismos.  El amor del padre define con libertad las elecciones de sus hijos.  El amor del padre enseña a escuchar. 
El buen padre tendrá la fortuna de saber que tiene un lugar perenne en el corazón de sus hijos y que el legado de su amor representará para ellos la columna de apoyo en su existencia
padre

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