La verdulera taiwanesa que dona todo el dinero que gana

Reconocida internacionalmente, esta persona descubrió que volver a las necesidades básicas, pensando en sus semejantes, es fuente de plenitud. 

altruista

A sus 63 años, encorvada a pesar del cinturón de sujeción, Chen Schu Chu atiende su puesto de verduras en el este de Taiwán.

Trabaja en él 18 horas al día, seis días a la semana.

Sin importar el dinero que gana con esas jornadas de trabajo tan largas, sólo gasta muy pocos dólares en sí misma. Lo demás lo dona.

Eso es lo que ha estado haciendo durante las últimas dos décadas; 20 años en los que ha donado más de US$350.000 para la construcción de una biblioteca escolar y el ala de un hospital.

Chen es probablemente la más inesperada filántropa del mundo.

“Nada particular”

A muchos les puede parecer una locura entregar casi todos sus ingresos. Ella opina que no es tan difícil.

“Todo el mundo puede hacerlo. No tengo nada de particular. La diferencia no es cuánto dinero ganas, sino cómo lo usas”, explica, mientras mete en bolsas pimientos, taro (un tubérculo del sudeste de Asia) y setas para sus clientes.

“No creo que el dinero sea importante. Al fin y al cabo, no lo puedes traer contigo cuando naces y ni lo puedes llevar cuando mueres”.

Pero, en primer lugar, ¿cómo una mujer con una profesión tan humilde ha acumulado tanto dinero para regalar?

Chen es budista y lo que le ha ayudado a ahorrar tanto ha sido su austero estilo de vida.

Es una vegetariana estricta y se alimenta a base de arroz y tofu.

Asimismo, tampoco desea bienes materiales. Al preguntarle si alguna vez compró algo extravagante para sí misma, la vendedora de vegetales recuerda que una vez adquirió una prenda importada y reconoce que se arrepintió de inmediato.

“Cuando me la puse para venir al mercado, un cliente me dijo que tenía una prenda igual y que la mía debía ser falsa”, dice.

“Me sentí mal y me dí cuenta que no importa cómo me vista, que eso no cambia el hecho de que soy una verdulera”.

Motivación personal

Chen nació en 1950 y durante prácticamente toda su juventud luchó por salir de la pobreza.

Su madre murió cuando ella aún acudía a la escuela primaria.

La familia no tuvo recursos para ofrecerle un tratamiento adecuado en un hospital tras un parto complicado.

Para ayudar a llegar a fin de mes, Chen dejó la escuela y comenzó a trabajar en el puesto de vegetales de la familia, en el mercado central de Taitung, la tercera ciudad más grande de Taiwán, situada en la costa este.

Pero la aportación de Chen no era suficiente.

Unos pocos años después su hermano murió a causa de la gripe. En aquella ocasión su familia tampoco pudo reunir el dinero suficiente para mandarlo a Taipei, la capital del país, para que lo trataran en un centro médico.

Este hecho, en lugar de hacerla enfadar, la motivó a ayudar a gente tan pobre como su familia.

Y nunca se olvidó de la bondad de los profesores y compañeros de clase de su hermano, quienes ayudaron a reunir fondos para tratar de salvarlo.

“En deuda”

“Siento que estoy en deuda con la gente”, dice Chen, haciendo referencia a aquel hecho.

“Así que creo que tengo que ganar dinero para ayudar a los demás”, añade.

“Me siento feliz cuando dono. Siento que hice algo bien. Es un sentimiento que viene del interior. Me hace tan feliz que me meto a la cama y sonrío”.

Pero su generosidad sorprende a muchos, conscientes de los escasos recursos con los que cuenta.

Daniel Lu, el director de Kids Alive International, una organización sin ánimo de lucro que recibió una donación de Chen, dice que la mujer desafía la creencia común de que hay que ser rico para ayudar a los demás de una forma tan extraordinaria.

“Es una señora de los vegetales y es soltera. No es fácil para ella”, señala.

“Pensé que sería mucho si daba US$165 y entonces donó US$33.000”, recuerda la sopresa.

“¿Me diste US$33.000? ¿Qué voy a hacer con esa cantidad?, le dije. Y me contestó: “Haz aquello que tengas planeado. Ayuda a los niños”.

Reconocimiento general

Las buenas obras de Chen pronto llamaron la atención.

Las autoridades locales la nombraron “filántropa modelo” y también empezaron a llegar los elogios internacionales.

Chen fue seleccionada entre las 100 personas más influyentes del mundo por la revista Time en 2010.

El semanario Reader’s Digest también la nombró el “Asiático del Año” y la edición de Asia de la revista económica Forbes la incluyó entre 48 “héroes de la filantropía”.

Además, hace dos años le fue otorgado el Premio Ramon Magsaysay junto a otras seis personas, por ayudar a los pobres.

El premio tenía una dotación económica de US$50.000 y Chen donó la cantidad completa al Hospital McKay Memorial de Taitung.

Esa donación inspiró otras, y gracias a todas ellas el centro de salud pudo construir otra ala.

Incluso los turistas llegan a visitarla al puesto de vegetales.

Un visitante de Hong Kong, por ejemplo, no quiso molestarla y simplemente le dejó un mensaje de admiración entre las verduras.

Sin embargo, Chen teme a la atención de los medios de comunicación y sólo ofrece entrevistas si siente que éstas pueden motivar donaciones.

La verdulera filántropa sigue obsesionada con pasar todo su tiempo en su puesto del mercado, de modo que pueda reunir cada vez más dinero para ayudar a los demás.

La mayoría de las veces se la puede ver empacando los vegetales que no vendió y guardándolos en un refrigerador hacia las 8 de la noche, mucho después de que los clientes se han ido.

A pesar del duro trabajo y sus problemas de salud, Chen no tiene planes de retirarse.

Es más, dice que va a seguir haciendo lo que hace “por siempre”.

“Deseo trabajar hasta el día en que muera. El dinero sólo sirve si se lo das a la gente que lo necesita”.

Fuente: BBC

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