La economía solidaria significa transformar la economía

Cuando pensamos en el término economía lo asociamos a cálculos, variables y relación entre oferta y demanda. Sin embargo, la actual crisis nos lleva a reconsiderar la economía como una ciencia social que debe humanizarse en beneficio de la cooperación y el apoyo mutuo de las personas para la satisfacción de las necesidades, dejando de lado los fines lucrativos.

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La “economía” como ciencia ha venido cayendo en un rincón del odio colectivo, y no por casualidad. La economía capitalista se ha encargado de vaciar nuestros bolsillos, de ponernos a competir, de vivir cada vez más inconformes porque no tenemos lo que creemos necesitar, pero además por realmente no ser capaces, gran parte de la humanidad de sustentar las necesidades básicas.

Sin embargo siempre existen alternativas, aunque estos caminos sean negados por muchas personas con poca fe, o en el mejor de los casos, son caminos desconocidos. Y es que en algo hay que creer, y es mejor creer en algo que genera cosas tangibles y sentibles, en este caso hablamos de las relaciones económicas solidarias. A continuación, algunos textos pequeños de autores iberoamericanos hablan sobre la economía solidaria y brindan buenos aportes a la reflexión, así como ejemplos tangibles y sentibles.

La economía solidaria como afirman teóricos y científicos de las ciencias sociales, es un modelo de desarrollo en beneficio de las comunidades, que tiene su fundamento en las relaciones de la base social, en las personas.

Reniega de la lógica económica tradicional cuyo fundamento es el patriarcalismo, la desigualdad, la verticalidad, la ganancia y el ánimo de lucro, y cuya inteligencia está ligada a la competencia (desleal o no, poco importa), la pulverización del tejido colectivo y de las tradiciones culturales en función de nuevas articulaciones comprometidas con el fomento del consumismo, la explotación humana y de la naturaleza.

Ganar mucho, vender caro y comprar barato, persuadir, innovar, crear necesidades, producir medio ambientes psico-sociales aptos para la reproducción del capital a través de la mercancía son el corolario de un antiguo tipo de economía a la que los griegos dieron el nombre de crematística (el arte de adquirir riquezas) cuestión que ya fue criticada por Aristóteles para quien la acumulación de dinero por dinero era una actividad contra natura y deshumanizante. Sin embargo, en la actualidad no hay nada más normal.

Se podría decir que la economía solidaria es una economía que va a contracorriente, trastoca los valores dominantes sin dejar de ser práctica. Su éxito es un medio, no un fin. Su presupuesto no es la eficacia sino el servicio. Como dice Paúl Singer, la economía solidaria es una forma de organización económica que lleva la democracia hasta sus últimas consecuencias, conlleva una gran carga organizacional y enseña que colectivamente es no solo la forma más digna de salir de las crisis, sino de construir un mundo mejor, por eso su permanente necesidad de robustecer la asociación.

Las organizaciones dedicadas a la economía popular y solidaria, y sobre todo las cooperativas, tienen como prioridad la motivación y educación de las personas en este sentido, pues son la propias personas las que constituyen la organización. De ahí que las cooperativas trabajen con socios y no con clientes.

La educación y el conocimiento posibilita la participación de todos, y la participación a su vez genera confianza y claridad, aleja la desconfianza y la inseguridad. Son estos modelos de participación horizontales una exigencia que las personas hacen a estas organizaciones, y que incluso podrían constituirse en modelos para un desarrollo local equilibrado, participativo y democrático.

En definitiva la economía solidaria es una economía política que no está ligada a los intereses de una clase, sino de un mundo mejor, armónico y de relaciones equilibradas.

Las asociaciones de consumo, las cooperativas, los sistemas de producción agroecológica, las empresas gestionadas por los trabajadores, la construcción de viviendas por ayuda mutua y diversas organizaciones económicas de ese tipo, muchas veces no se reconocen como tales sino como instancias sociales de solidaridad. Entonces no se asume que podrían dejar de estar aisladas si son parte de un modelo de desarrollo basado en la economía solidaria, en el cual el Estado juegue un papel de cohesión.

Un modelo de desarrollo que no esté basado en una economía solidaria no logra una mejor redistribución de la riqueza, por lo tanto no elimina la vieja brecha entre ricos y pobres, y mantiene intactas las estructuras económicas que provocaron la realidad que supuestamente queremos cambiar. La economía solidaria no significa incorporar nociones de solidaridad en las prácticas económicas, significa transformar la economía.

Los sectores neoliberales lograron instalar en el imaginario colectivo que la solidaridad es necesaria para resolver ciertos problemas sociales que la economía no puede superar. Así, la solidaridad no es parte de la economía, es solo una acción que aparece luego que la economía ha producido sus efectos. Entonces la “solidaridad” es un elemento utilizado para que todo siga igual.

Un ejemplo es la explotación minera a gran escala. Un par de empresas transnacionales usufructúan de los recursos naturales, contaminan el agua, dañan la naturaleza, venden el producto dentro de la economía globalizada y dejan sus ganancias invertidas en el exterior. Para paliar los efectos sobre las comunidades y el ambiente se ofrece “solidariamente” invertir parte de las mínimas regalías cobradas por el Estado en las zonas afectadas. Ahí primero está la economía, luego, la supuesta solidaridad llega como una dádiva.

La economía solidaria es otra cosa, implica que la solidaridad se introduzca en la economía misma, y que opere y actúe en las diversas fases del ciclo económico, o sea, en la producción, circulación, consumo y, aunque suene contradictorio, en la acumulación. Propone transformar desde dentro y estructuralmente a la economía, generando una nueva racionalidad económica. Implica un Modelo de Desarrollo Solidario.

Pero no es lo mismo que la solidaridad sea parte de todas las instancias de la economía, de las empresas, del mercado, del Estado, del consumo, del gasto colectivo e individual, que existan ciertos comportamientos solidarios dentro de las actividades económicas.

Hoy, más que nunca, mientras seguimos colocando nuestro granito de arena para, algún día, enterrar el capitalismo, debemos consolidar la economía solidaria como alternativa, desde afuera y desde adentro del Estado.

El otro día en radio La Luna, la Ministra de Inclusión Social, Janeth Sánchez, comentaba la aplicación de la economía solidaria desde su Ministerio con la certeza de quien está convencida en un proyecto social y económico basado en el ser humano. Lamentablemente, la mirada y la práctica transformadoras de Sánchez, no son muy comunes en el gabinete del presidente Rafael Correa, pero tal vez se puedan contagiar…

Desde que en los ochenta empezó la regresión y agresión neoliberal, dirigentes, voceros y representantes de la peor versión del capitalismo han pretendido que “su” modo de entender la economía y organizar la sociedad es el único posible. Un pensamiento totalitario que se concentra en el malhadado “Consenso de Washington”: crecimiento incesante, desregulación de capitales, ningún control financiero, menos impuestos a grandes empresas y ricos, concentración empresarial, privatización del sector público (especialmente educación y sanidad), menos gasto social, rigidez en presupuestos estatales… Una política destructora como es más que evidente desde hace cinco años, inicio de la crisis. Destructora porque el capitalismo alberga la semilla de la crisis suicida.

Con un paro crónico, incremento de pobreza y desigualdad, grave crisis ambiental (cambio climático incluido) y sin atisbo de superar la negativa situación económica actual, es diáfano que estamos ante una crisis profunda y global del propio capitalismo.

Ante la crisis-estafa ha habido y hay respuesta ciudadana: movilizaciones, ocupaciones de plazas y calles, huelgas generales, auto organización ciudadana… Hay que avanzar y empezar a atosigar a quienes detentan el poder financiero y afectar a sus ilegítimos, cuando no ilícitos, intereses y obscenos beneficios. Empezar a preocupar y fustigar a la banca, grandes empresas y corporaciones; también a sus cómplices y encubridores: dirigentes y dueños de medios de persuasión (antes informativos) y, por supuesto, a la mayoría de políticos profesionales al servicio descarado del poder financiero y empresarial. Denunciar ante los tribunales a responsables de la crisis-estafa, organizar la desobediencia civil, ayudar de modo organizado a inmigrantes sin permisos, empapelar las ciudades con los rostros, actuaciones y delitos de quienes nos han llevado a la crisis y en ella nos mantienen, organizar brigadas ciudadanas de vigilancia de derechos humanos y denuncia de sus violaciones… Muchas de esas acciones y actuaciones ya se han iniciado; pues más, más intensas y en todas partes.

Pero también hay que continuar buscando y aplicando propuestas económicas de otro mundo posible. Mercados de tiempo, de intercambio, aprovechamiento organizado de alimentos desechados (que no estropeados) para quienes están peor, atención sanitaria paralela, cooperativas de producción y servicios… Una forma no capitalista de entender la vida. Y avanzar en la batalla por los valores democráticos y sociales para sustituir la devastadora ideología neoliberal, consumista, competitiva e individualista por una cultura comunitaria, de solidaridad y cooperación, de creatividad liberadora y de paz. Otra cultura en la que poseer nunca sea más que ser y crear y en la que acumular bienes materiales, lujos o dinero aparezca como la vileza y necedad que es; donde competir solo sea deportivo y el crecimiento como motor económico desaparezca por estúpido y suicida.

La lucha por un mundo justo y decente incluye esas otras economías que ya surgieron incluso antes del retroceso neoliberal y de la crisis. Como recuerda Jordi García Jané, son miles de prácticas económicas distintas, que no son capitalistas y se rigen por otros valores: justicia, solidaridad, cooperación, conciencia comunitaria, respeto a la naturaleza… Economías no desquiciadas por la necesidad de crecimiento continuo. Economías que satisfacen necesidades de las personas y comunidades, no las crean; necesidades reales como trabajo, alimentación, vivienda, educación, atención a los mayores, cuidado de la salud, creatividad… Economías que se desarrollan y aplican con la participación de todos porque son asunto de todos.

Economías de producción cooperativa, comercio justo, consumo responsable (que no consumismo), finanzas éticas y gestión de bienes comunes; economías organizadas democráticamente. Más de 750.000 empresas cooperativas y más de 800 millones de personas practican y aplican en el mundo otra economía que no es capitalista. No son mayoría (por ahora), pero esa otra economía no capitalista crece.

En la Historia, toda agresión y explotación ha generado respuestas, alternativas y contraculturas. En la lucha de la ciudadanía global por otro mundo más justo y libre, la economía solidaria, social, es parte de la respuesta a la crisis, a la agresión, al vaciado de la democracia y a la fascistización del mundo.

Y averiguar también como dar más pasos ciudadanos adelante para hacer retroceder a la dictadura financiera, para que la ciudadanía empiece a conseguir poder para construir otro mundo posible. Más justo, decente y democrático. Como escribe el economista Juan Torres López, ese paso adelante “no con respuestas aisladas y desunidas. Hay que reaccionar frente a la tiranía del poder financiero y político con el medio al que nunca podrán vencer: la máxima unidad ciudadana, la desobediencia civil y el sabotaje democrático pacífico (siempre pacífico) de sus normas e imposiciones. Sin miedo y con esperanza, pues como dijo Gandhi: Siempre ha habido tiranos y asesinos, y por un tiempo han parecido invencibles. Pero siempre acaban cayendo. Siempre”.

El movimiento de economía solidaria y comercio justo en Latinoamérica se viene afirmando y articulando como una incipiente, pero, importante fuerza de cambio, con perspectiva de transformación del modelo económico vigente. Sus principales retos son: demostrar que es posible construir relaciones económicas y sociales justas con respeto a la dignidad de las personas y al cuidado de la naturaleza; tener capacidad de incidencia en las decisiones políticas; y demostrar que es posible la integración y unidad con otros en la construcción de un mundo inclusivo y solidario.

Otra manera de hacer economía es posible

La existencia, en toda la región de América Latina y el Caribe (ALC), de experiencias económicas solidarias y de enfoques teóricos que la sustentan ha puesto en evidencia otras maneras de hacer economía, distinta a la del modelo hegemónico neoliberal, con lógica de generación de ingresos y empleo y no con la lógica de pura rentabilización económica. Son experiencias de resistencia y construcción de nuevas relaciones económicas orientadas a mejorar las condiciones de vida de las personas, recreando prácticas ancestrales de reciprocidad, cooperación y ayuda mutua. Experiencias que se desarrollan sin mercado/con mercado y sin Estado/con Estado[1] Tratando de potenciar el factor solidario presente en sus unidades económicas para que, junto a los otros factores, desarrollen productividad y eficiencia. El ser humano es el fin de la economía solidaria, pero un ser humano capaz de realizarse como individuo y colectivo social, de manera integral y en armonía con la naturaleza.

Estas experiencias han adquirido, a lo largo de nuestra historia, diversas y variadas formas organizativas, entre las que destacan: las prácticas económicas comunitarias, presentes en comunidades nativas, indígenas y campesinas, y que han sido recreadas en las zonas urbanas populares; las cooperativas; las asociaciones; las organizaciones no gubernamentales (ONGs); y otras formas de organización económica social solidaria, que trabajan en base a la cooperación y ayuda mutua. Aunque la mayoría de estas experiencias no se reconocen aún como economía solidaria, practican la solidaridad (en diverso grado) en su actividad práctica y en su filosofía de trabajo.

La vastedad de estas prácticas económicas solidarias muestran el enorme potencial que tendrían para reorientar los procesos económicos y políticos de la región, pero lamentablemente se encuentran dispersas y aisladas, muchas sin siquiera reconocerse como expresión de nuevas relaciones económicas, y con poca proyección para enfrentar los procesos subnacionales, nacionales y regionales. El esfuerzo teórico para expresar la realidad y propuesta de la economía solidaria es aún limitada y requiere de mayores esfuerzos en investigación/sistematización y un mayor encuentro/diálogo con las prácticas económicas solidarias para construir juntos el proyecto de verdadera transformación económica y social en cada uno de los países y en la región. Propuestas que sean capaces de enfrentar la creciente inequidad social, el deterioro del medio ambiente y la sobre-explotación de los recursos naturales, así como la crisis de valores, en la búsqueda de una convivencia fraterna y en paz.

Entretejiendo la red de la economía solidaria

Recién a fines de los años 90 algunas de estas experiencias han iniciado procesos de interrelación y articulación entre ellas, constituyendo redes de carácter sectorial y territorial a nivel local, nacional y regional, formando parte de un amplio movimiento social que se viene gestando en la región. Esta articulación de iniciativas de economía solidaria, en el ámbito internacional, tuvo su hito en julio de 1997, cuando en la ciudad de Lima se reunieron más de 200 experiencias provenientes de 32 países de los cinco continentes, en el Primer Simposio de Globalización de la Solidaridad, emitiendo una declaración conjunta que cuestiona la hegemonía del modelo de desarrollo neoliberal y propone reconocer y desarrollar la solidaridad en la economía[2], además de comprometerse en construir redes de economía solidaria en cada uno de sus países.

Desde esa fecha se han formado redes y plataformas de economía solidaria en Perú, Brasil, Chile, México, Bolivia, y coordinaciones diversas en Argentina, Uruguay, Ecuador, Colombia, y en algunos países de Centro América y el Caribe. Luego del Segundo Simposio Globalización de la Solidaridad (Québec, 2001) se acordó constituir la Red Intercontinental de Promoción de la Economía Social Solidaria (RIPESS). Actualmente, las redes y coordinaciones nacionales de economía solidaria y comercio justo y algunas redes temáticas de carácter regional como: la Mesa de Coordinación Latinoamericana de Comercio Justo, la Coordinadora Latinoamericana de Pequeños Productores de Comercio Justo, la Rel UITA; forman parte de RIPESS en Latinoamérica y el Caribe. También existen otras redes como la Red de Intelectuales Latinoamericanos de Economía Social Solidaria, la Red Latinoamericana de Comercio Comunitario, Latindad, etc.

Este proceso de articulación no se queda en lo organizativo y avanza hacia la confluencia de intereses en una agenda común. Luego de tres encuentros latinoamericanos de economía solidaria y comercio justo (Cochabamba 2005, La Habana 2007y Montevideo 2008), en las que además de evaluar el contexto y tomar posición sobre los grandes problemas a enfrentar, se formularon temas y delinearon acciones conjuntas: trabajar por el desarrollo de mercados alternativos en la búsqueda de relaciones armoniosas entre el productor, el consumidor y la naturaleza (Comercio Justo); impulsar y fortalecer experiencias de ahorro y crédito adecuados a los intereses de las familias y la comunidad (Finanzas Solidarias); promover la articulación y eslabonamiento de las actividades económicas en los ámbitos locales (Desarrollo Económico Local); el involucramiento en el diálogo/debate con el Estado en la búsqueda de políticas públicas que favorezcan al sector de economía solidaria (Incidencia política); trabajar por una mayor visibilización y reconocimiento del papel de la mujer en la economía (Equidad de Género); articulaciones y alianzas con el conjunto del movimiento social que luchan por soberanía alimentaria, respeto a los derechos humanos, preservación y defensa de los recursos naturales, entre otros.

Incidencia en el espacio público

En algunos países, estas experiencias logran reconocimiento social y público de manera creciente, lo que muestra la viabilidad de una acción promotora de parte del Estado y de una clase política comprometida con ese proceso, aunque eventualmente bajo diferentes perspectivas, a pesar del predominio del modelo neoliberal como rectora de sus políticas económicas y hegemónica ideológicamente en su relación con el mercado y los diversos sectores sociales.

En Colombia, crearon el Consejo Nacional de Economía Solidaria de Colombia (CONES), la Superintendencia de la Economía Solidaria, y el Departamento Administrativo Nacional de la Economía Solidaria (DANSOCIAL). En Venezuela, crearon el Ministerio del Poder Popular para la Economía Comunal. En Brasil, crearon la Secretaría Nacional de Economía Solidaria (SENAES), en el ámbito del Ministerio de Trabajo y Empleo, y dieron nacimiento al Foro Brasileño de Economía Solidaria (FBES) y al Consejo Nacional de Economía Solidaria (CNES). En Bolivia, crearon normas favorables a la economía solidaria en el Plan Nacional de Desarrollo, la nueva Constitución del Estado, y programas de compras estatales. En Ecuador, la economía solidaria fue incorporada en la nueva Constitución, y crearon el Instituto de Economía popular y Solidaria. En México, a la Ley de Promoción del Cooperativismo, se ha sumado la propuesta de una Ley de promoción de la economía social. En Argentina, la Secretaría de la Micro, Pequeña y Mediana Empresa, el Ministerio de Desarrollo Social, el Instituto Nacional de Asociativismo y Economía Social (INAES), el Fondo de Capitalización Social (FONCAP), el Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI) y una Comisión de Economía Solidaria, Comercio Justo y Desarrollo Regional en el Consejo Consultivo de la Sociedad Civil de la Cancillería Argentina. En Perú, leyes de reconocimiento de las organizaciones sociales de base; ley del Artesano, ley del cooperativismo, y la reciente creación del Grupo de Trabajo Parlamentario “Cooperativismo y Economía Solidaria”.

Como puede apreciarse, las iniciativas estatales de fomento de la economía solidaria en América Latina se han registrado tanto en el contexto de gobiernos conservadores como progresistas, y se traducen en marcos normativos institucionales constituidos expresamente para promover la economía solidaria, al igual que en medidas puntuales y aisladas, pero que repercuten a favor de estas iniciativas económicas. Asimismo, en algunos casos, tales intervenciones obedecen a una voluntad política favorable de la clase gobernante, y a opciones expresas de empoderamiento de los sectores populares, mientras que en otros se dan por acción de los sujetos sociales de la economía solidaria organizados que logran incidir en la esfera pública estatal para el reconocimiento y apoyo de sus iniciativas económicas específicas.

Articulando la economía solidaria con el movimiento social

Diversas iniciativas de economía solidaria en cada país han avanzado en la creación de espacios de actuación conjunta con sus respectivos movimientos sociales, logrando en algunos casos incorporar la propuesta de economía solidaria en la agenda social. Ejemplos relevantes al respecto son: el concepto del Buen Vivir expresadas por las comunidades indígenas y asimiladas por los Estados de Bolivia y Ecuador en sus respectivas constituciones; el enfoque de la Soberanía Alimentaria que los movimientos agrarios han levantado en todos los países; la apuesta por Una Economía al Servicio de las Personas, incorporado en el movimiento social peruano; la lucha por un Comercio Justo/Comercio con Justicia, expresada como respuesta a los tratados de libre comercio (TLCs) negociados y adoptados por los gobiernos.

A todo ello, se suma la presencia activa de las redes y organizaciones de economía solidaria en los Foros Sociales Mundiales y Continentales, que se han gestado en los últimos 10 años como espacios de encuentro del movimiento social mundial para intercambiar agendas, experiencias y sentimientos en la lucha contra la hegemonía del neoliberalismo en el planeta.

Por último, podemos sintetizar algunos de los retos actuales para el movimiento de economía solidaria en la región, en los siguientes: Profundizar en el papel transformador de estas prácticas económicas solidarias, apoyando en la sistematización e investigación, así como en la reflexión y formulación de propuestas de desarrollo a todo nivel; Continuar con el proceso de encuentro entre los actores de estas experiencias y proponer procesos de articulación en todos los ámbitos, fortaleciendo las actuales redes; Vincularse más activamente al conjunto del movimiento social que viene luchando por recuperar y conquistar derechos que les han sido expoliados; y Levantar propuestas de transformación radical del sistema económico y político, “desde abajo y desde adentro”, reconstruyendo los proyectos de desarrollo nacional, articulando las iniciativas solidarias sur-sur y sur-norte, en una perspectiva de globalización solidaria que confronte la visión colonial/moderna eurocéntrica sobre el manejo del poder y el modelo neoliberal que la sustenta. Menuda y, a la vez, hermosa tarea que se tiene hacia adelante: continuar incorporando solidaridad a la economía y a la vida.

– Alfonso Cotera Fretel es Director Ejecutivo del Grupo Red de Economía Solidaria del Perú y Responsable de la Mesa de Coordinación Latinoamericana de Comercio Justo.

[1] Quijano, Aníbal, “Solidaridad” y capitalismo colonial/moderno, artículo en la revista Otra Economía, Volumen II – N° 2, 2008.
[2] Ver en www.ripeslac.net

Fuente: La Troja

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