Cómo enfrentar el síndrome del nido vacío

Comentario:

Los padres siempre desean mantener el vínculo con sus hijos pues está escrito en nuestros genes que una familia unida es fundamental. Obviamente es necesario diferenciar entre este deseo y el que se vuelve patológico al querer prolongar la dependencia de los hijos, quienes en su momento deben asumir su papel en la comunidad: trabajar, formar una familia, ser ciudadanos responsables.

La vida es para vivirla en plena libertad, siguiendo cada uno su destino. La familia está allí para cumplir su papel de célula base y cada uno será responsable de desempeñar dentro de ella el rol que en le corresponda en un determinado momento

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El síndrome del nido vacío hace referencia a la complejidad de emociones y sentimientos negativos que se pueden dar en los padres cuando los hijos se marchan del hogar. Sentimientos de tristeza, abandono, soledad, irritabilidad, inutilidad, hasta pérdida del sentido de la vida. Este fenómeno está atravesado por el contexto sociocultural y por la dinámica en la trama vincular de la pareja y familia.

Adriana Guraieb, psicoanalista, miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA) y de la Asociación Psicoanalítica Internacional (IPA), recuerda que las etapas institucionalizadas en la vida de una familia contemplan: desprenderse del hogar; concretar el encuentro amoroso, formalizar la unión y tener hijos; acompañar a los hijos en la adolescencia; la partida de los hijos y la vejez.

“Los hijos se apartan de la casa en pos del desarrollo personal, la madurez sexual, la independencia económica y el fortalecimiento de la personalidad. Y, cuando ello acontece, los padres quedan con lo que se ha dado en llamar el síndrome del nido vacío”, describe.

En ese momento, una reacción posible –afirma– sería la de sentir que ya se cumplió la misión de darles educación, crianza, casa, comida y mucho más. “Y los padres y madres, ya maduros o quizá ancianos, pueden tener más tiempo para ellos o darse algún gustito postergado a lo largo de décadas, por la prioridad de asistir a los hijos”, completa.

Pero el sentimiento puede ser más complejo. “Cuando la crianza de los hijos es el único proyecto vital de la mujer o el hombre y cuando hay dificultades en el acompañamiento, en la evolución de los hijos, la ida del hogar irrumpe sorpresivamente, como un acto de abandono”, explica la psicóloga Graciela Hernández, profesora del taller “Las cosas del vivir” que funciona en Aula Universitaria de la Universidad Blas Pascal.

La especialista agrega que este síndrome puede ocurrir en forma simultánea con la aparición de la menopausia en la mujer o andropausia en el hombre y también con el acercamiento a la edad jubilatoria. La expresión “síndrome del nido vacío” fue acuñada en la década de 1970 por Rose Oliver y hacía referencia al sentimiento de soledad y abandono que experimentaba la mujer que se dedicó con exclusividad a la crianza de los hijos y a ser ama de casa. “En la actualidad, la identidad de la mujer no está cimentada solo en la maternidad: ejerce diversos roles que compatibiliza con su función materna, y tiene más recursos para afrontar el síndrome del nido vacío y reducir su impacto”, aclara Hernández. Añade que, además, la crianza de los hijos es asumida hoy en forma más equilibrada por madre y padre, por lo tanto, si bien el síndrome predomina en mujeres también se da en 
hombres.

Su aparición en la década de 1970 se da cuando las mujeres comienzan a dejar sus casas paternas no para casarse, sino para independizarse. “Aquí se produce un gran cambio. Porque antes, en las décadas de 1940 o 1950, el paradigma de una mujer era casarse y tener hijos, pero luego en 1970 se produjo una revolución, tener hijos ya no era lo único importante en la vida, sino que imperaba el modelo de desarrollo integral de una mujer”, dice Graciela Schmidt, integrante del equipo de Aula Universitaria de la UBP. “Es clave también que sepamos que en la vida contamos con nosotros mismos y que busquemos cuáles son las cosas que nos gustan, que disfrutamos hacer y, cómo dice la escritora Virginia Woolf, que encontremos nuestros cuarto propio”, propone la psicóloga.

En este paradigma, el vinculo de pareja tiene sentido en sí 
mismo, no sólo como roles parentales.

Casos

Graciela Romero es alumna del taller y relata que en su caso no se dio el síndrome del nido vacío porque crió a sus hijos para que volaran y fueran independientes. “Tengo cuatro hijos. Una vez que se fueron de casa sentí que mi objetivo estaba cumplido. Es una actitud ante la vida y, si uno tiene una vida propia y no vive la vida de los hijos, este síndrome no se da”, testimonia.

Romero cuenta que “ellos se han ido pero han vuelto, con sus hijos, esposas”. “Ahora la familia se agrandó porque tengo nietos, nueras y yernos. La vida sigue con los amigos y las relaciones que uno va cultivando con los años”.

Sí admite que hay un momento, tras la partida de los hijos, en el que “te encontrás frente a frente con tu pareja, te quedas en silencio y por ahí sentís que no sabés a quien tenés al frente”.

El último en irse

En el caso de Inés Quinteros, la relación con los hijos fue distinta. “Tengo tres hijos y las mujeres partieron primero. Extrañé a mis hijas cuando se fueron, pero me acostumbré rápido. Me quedé con el más chico que recién se fue a los 27 y tengo que reconocer que estaba aferrada a él”, revela.

“Me acuerdo que le decía: ‘¿y para qué te vas a ir si acá te ahorras el alquiler, no te falta nada, tenés tu habitación, tus espacios?’”, recuerda.

Quinteros agrega que, al principio, percibió la ida de su hijo como una amenaza, hasta que comprendió que era parte de la vida. “Con él padecí el síndrome del nido vacío aunque nunca dejó de visitarme. Fue duro cuando se fue, pero ahora que pasaron los años me acostumbré a que él haga su vida y yo hago la mía, tengo mis amigas, vengo al taller”, dice entusiasmada.

Para otros, la jubilación y la pérdida del cónyuge esposo fueron los disparadores del síndrome. “De tener una actividad de 24 horas como médica pediatra, me jubilaron medio de prepo y para mí fue muy fuerte porque sentía que ya no podía hacer nada, no sabía qué hacer con mi vida. Y ahí fue cuando busqué hacer otras actividades”, cuenta Teresa María Joules, alumna del taller. De sus cuatro hijos, tres volaron pero el cuarto de 40 años se quedó a vivir con ella. “Lo que más sentí fue cuando se murió mi esposo, ahí sentí el nido vacío porque éramos muy compañeros. Ahí me quedé sola, ya no tenía con quien salir a tomar un café, con quien charlar, fue duro. Estas fueron las emociones más grandes que tuve, cuando se fue mi marido y cuando me jubilé”, reconoce Joules.

Para Gabriela Moritz, también alumna del taller “Las cosas del vivir”, los cimientos que le dejaron su crianza la ayudó a no padecer el síndrome del nido vacío. “Como hija de extranjeros, sentí que era importante dar alas a los hijos, que fueran independientes para que vuelen siempre fue algo natural”, dice orgullosa Gabriela Moritz.

Síntomas y señales

Los síntomas que pueden aparecer en la madre o el padre deben coincidir con la ida del hogar de los hijos: sentimientos de tristeza, soledad, abandono, inutilidad, trastornos del sueño, irritabilidad o somatizaciones, esto es cuando el cuerpo expresa las palabras no dichas. La ida del hogar de los hijos suele ser un momento de crisis en la pareja, sobre todo si se privilegiaron los roles maternos y paternos en desmedro de la relación de pareja.

“Esta crisis puede verse como peligro, la pareja siente que ha dejado de tener su función exclusiva, experimentan la sensación de abandono de los hijos, que parten a hacer su propia vida y los dejan en un estado de soledad, pudiendo producir desencuentro en la pareja, donde se ve desgastado el vinculo amoroso”, describe Hernández. No obstante, puede tomarse este momento de soledad de la pareja, como oportunidad para descubrirse y seguir creciendo como pareja revalorizando la intimidad. Cuando ellos comenzaron a relacionarse eran dos que formaron su vínculo, con deseos y proyectos, algunos explicitados y otros tácitos. La llegada de los hijos cubrió un área importante, pero no la única. “Es la oportunidad de reencontrarse en la pareja, replantear la relación, establecer nuevos acuerdos, recrear, renovar, producir novedades que revitalicen el vinculo”, señala Schimdt.

Recomendaciones

-Acompañar a los hijos en todo el proceso evolutivo: hacerlo brindará satisfacción al ver que pudo alcanzar sus metas, en vez de generar nostalgia por lo que dejaron de ser.

-Ver la emancipación de los hijos como una etapa natural de la vida.

-Sentir satisfacción de haber cumplido con uno de los objetivos propuestos: ser padre y madre.

-Desarrollar intereses personales simultáneos a la crianza de los hijos.

-Cuidar y revalorizar la relación de pareja durante todo el ciclo vital.

– Darse la oportunidad de afianzar y recrear la relación de pareja.

-Establecer un nuevo modo de relación con los hijos.

– Descubrir nuevos intereses personales.

– Realizar nuevos proyectos en pareja y personales.

-Extender y profundizar relaciones sociales.

-Participar en actividades creativas.

Fuente: La Voz

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