La Nicaragua desconocida (Un rincón de Amèrica)

Una madre con dos hijas lava ropa y paños cerca de la localidad de Altagracia, en el Lago de Nicaragua. Para frotar la ropa sucia utiliza una pequeña roca. Así ya lo hacían siglos atrás sus antepasados del pueblo chorotega. Para los habitantes de Ometepe, ver el agua verde azulado del lago y los volcanes Concepción y Maderas es algo normal. Los turistas, en cambio, no saben a dónde orientar rápidamente la cámara: a la mujer que está lavando ropa, a los barcos pesqueros o a las cimas de los volcanes envueltas en nubes blancas. Y en este preciso instante un colibrí aletea junto a la mujer en una buganvilia y succiona el néctar de una flor blanca.

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Nicaragua aún no es un destino para el turismo de masas. Para los que viajan individualmente, en cambio, tiene cosas especiales que ofrecer. Por ejemplo el Lago de Nicaragua con sus alrededor de 400 islas. La más grande es Ometepe. Más de una decena de haciendas reconvertidas en “fincas verdes” compiten entre sí para atraer a turistas. Todas las posadas son negocios familiares, cuentan con jardines exóticos y ofrecen excursiones en kayak o caminatas guiadas.

Algunas de las “fincas verdes” más bonitas son la “Magdalena”, donde también se cultiva café y se produce miel, “El Ojo de Agua”, que cuenta con una fuente propia y ofrece caminatas para ver a los monos en el bosque, así como “San Juan de la Isla”, con sus vistas panorámicas del lago y de los volcanes.

“Así todo el mundo gana”, dice el alemán Immanuel Zerger, que lleva más de 20 años viviendo en Nicaragua. “Los turistas tienen nuevos destinos, los propietarios tienen más ingresos y los isleños más puestos de trabajo”.

Junto con su mujer nicaragüense, el alemán de Baviera fundó la empresa turística Solentiname Tours. En el archipiélago Solentiname, en el Lago de Nicaragua, que es 15 veces más grande que el lago de Constanza, la familia Zerger pone en contacto a los turistas con la población local. En el archipiélago viven más de 50 artistas, muchos de ellos en la isla de Mancarrón. Los huéspedes del hotel ecológico del mismo nombre pueden aprender a hacer papagayos tallados en madera de balsa y pintarlos, algo que también divierte mucho a los niños.

Fuente: National Geographic

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