Generosidad y Felicidad (encuesta realizada a 200.000 personas adultas de 136 países)

Todo aquello que  los seres humanos conjeturan, planean, realizan, incluso, cuando se acomodan en su sofá, es con el único propósito de sentirse mejor, más cómodos, alcanzar placer y satisfacción. Cuando una madre  tiene un bebé, ella solo vive para él, para alimentarlo, limpiarlo, protegerlo y en esto ella experimenta plenitud; si el bebé llora, no quiere comer y manifiesta molestia,  la madre sufre porque no puede darle lo que necesita.
En el mundo existe también un porcentaje de personas altruistas por naturaleza, que obtiene gran satisfacción ayudando a los demás. Pero finalmente no le viene mal el reconocimiento de sus acciones en favor de los demás. 
No pertenecer a este porcentaje de altruistas, no excluye  el hecho que podemos realizar pequeñas buenas acciones por el otro: visitar al amigo enfermo, oír sus achaques, hacerle sus compras, ayudarle a limpiar su casa; conversar con un familiar anciano o un adolescente o con quien sea, escuchar, sin juzgar, sin aconsejar, con empatía, a profundidad y honrando lo que tenga que decir.  
 
Nos sentiremos mejor y habremos introducido un poco de bondad en el mundo. 

voluntariado

La mayoría de nosotros hemos experimentado alguna vez la satisfacción de gastar dinero en otra persona, sea a través de un regalo o un donativo. Un equipo internacional de psicólogos da cuenta ahora de que la relación entre el gasto generoso y la felicidad constituye un fenómeno válido en todo el mundo, incluso en países empobrecidos como India o Uganda. «Aquí, en Norteamérica, podemos pensar que podemos permitirnos el lujo de gastar dinero extra en otros, mientras que a los habitantes de lugares más pobres les resultaría preferible invertir en sí mismos sus limitados recursos», explica la autora principal del estudio, Lara Aknin, de la Universidad Simon Fraser. Y apunta: «Pero hemos visto que la generosidad es provechosa en los países ricos y en los pobres».

Esta conclusión brota de una encuesta realizada a 200.000 personas adultas de 136 países a quienes se les preguntaba sobre sus donativos y su bie­nestar subjetivo. Tras descartar ciertas variables (demográficas, ingresos familiares y otras), se observó una correlación positiva entre los donativos y la felicidad en 120 de estos países, tanto ricos como pobres. Según las respuestas, el refuerzo en el bienestar por haber donado en el último mes resultaba el mismo, aunque los ingresos del encuestado se hubieran duplicado.

A continuación se llevaron a cabo varios experimentos con el fin de verificar si la donación reforzaba el sentimiento de felicidad. Se pidió a participantes de Canadá y África del Sur, seleccionados al azar, que optasen entre comprar una bolsa sorpresa para sí mismos o para un niño enfermo que no conocían y que se hallaba hospitalizado en su localidad. Aunque el PIB y la renta per cápita en África del Sur son muy inferiores a los canadienses, quienes optaron por entregarle el obsequio al niño se manifestaron más felices que aquellos que gastaron el dinero en ellos mismos.

Según los estudios, publicados en mayo de 2013 en Journal of Personality and Social Psychology, los experimentos ofrecen una robusta coherencia transcultural, la cual respalda la idea de que la relación entre donar a otros y el bienestar propio constituye un rasgo universal de humanidad. De hecho, otra investigación apoya esta conclusión. Aknin y sus colegas publicaron en enero del año pasado, en PLOS ONE, quelos bebés sonreían con mayor frecuencia cuando compartían un regalo que al recibirlo. Además, en un conjunto de estudios publicados en 2012 en Nature, se demostraba que la donación resulta más espontánea que la codicia, pues esta última requiere una mayor capacidad para pensar.

Aknin opina que la donación suscita buenos sentimientos en todas las personas por la misma razón que la comida y el sexo: nuestro cerebro dispone de un sistema de recompensas inmediatas ante ciertas conductas fruto de la selección natural, que, a la larga, contribuye a la supervivencia. Ninguno de nuestros antepasados hubiese podido sobrevivir por sí mismo, señala Aknin. «Si la generosidad alentaba los vínculos sociales, es posible que fuera una estrategia adaptativa.»

Fuente: Investigacion y Ciencia

También te podría gustar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *