“Hay que trabajar menos horas para trabajar todos”

Magnífico planteamiento y no es una mera idea, u ocurrencia: un ser humano es capaz de producir alimento para 10 personas, y de igual manera, ropa  y bienes de primera necesidad. Aprovechando esta plusvalía del trabajo humano, las instituciones empresariales bajan la oferta de empleo, por consiguiente los salarios y el incremento de sus utilidades, pero esto no  termina ahí, aun hay más. El boom tecnológico ha traído al escenario un factor adicional, la sustitución de mano de obra por procesos y tecnologías, lo que desemboca en  un alto nivel de desempleo.

Es hora de orientar nuestros esfuerzos como sociedad.  El sistema actual ha orientado la vida de las personas hacia el ciclo de «Producción-Consumo-Producción-Consumo», en un ciclo infinito para generar ganancias y sostener mal a solo una parte de la humanidad.

Su único objetivo ha sido el de generar ganancias económicas a un nivel insultante para algunos que cada vez son más pocos. El desarrollo basado en el «productivismo» como medio para el acumulamiento de riquezas y poder,  esta mostrándonos ya su cara oscura.

trabajo

Como dice el autor, estamos enfrentando una mega crisis mundial en todos los frentes, mas sin embargo el afán de acumulación de riquezas de tan solo un puñado no tiene limites.

Sin embargo no se puede continuar en ese camino ya que de seguir, muy pronto se darán cuenta de que no podrán alimentarse de metales preciosos o billetes verdes.

Cada vez son más las voces que se levantan para sugerir un cambio, una revolución, como dice el autor «sin colgar a nadie».  La solución tiene que involucrarnos a todos, porque a todos nos afecta: gobiernos, empresas y ciudadanos.

La voz de Serge Latouche no es la única, el sociólogo y economista  norteamericano  Jeremy Rifkin, también ha planteado la solución en su libro,  El fin del trabajo, El declive de la fuerza del trabajo global y el nacimiento de la era post mercado (The End of Work. The Decline of the Global Labor Force and the Dawn of the Post-Market Era).

Este libro fue publicado en 1997 y ya veía la crisis actual con las altas tasas de desempleo originados por la sobreoferta y el influjo de la tecnología y la globalización.

 En el libro plantea que el fin del trabajo es algo inevitable, debido a la globalización y las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TICs) que pueden aumentar la productividad rápidamente. Esto trae como consecuencia un alto desempleo estructural que exige medidas más allá de la tradicional flexibilidad laboral, como son la necesaria reducción de la jornada de trabajo, la potenciación de la economía social o tercer sector (distinto del Estado y del mercado que genere nuevos empleos y una nueva economía) además de poner en marcha la renta básica.

Igualmente el empresario Carlos Slim esta proponiendo la jornada semanal de 33 horas con turnos diarias de 11 horas durante 3 días de la semana solamente. Con el sobrante de tiempo el trabajador podrá innovar y dedicarlo a su familia. (http://www.lacapital.com.ar/informacion-gral/El-hombre-mas-rico-del-mundo-propuso-que-se-trabaje-solo-tres-dias-a-la-semana–20131205-0056.html)

A pesar de que el actual sistema económico está colapsando y se resiste a sucumbir en una especie de agonía económica, las medidas propuestas de reducir las jornadas de trabajo no tendrán ningún efecto en lo general, si no se llevan a cabo con un objetivo superiormente integral que reoriente el enfoque hacia el bien común,  en lugar de hacia la acumulación de riqueza como único objetivo.

Es momento de invitar a todos los factores económicos a sentarse en mesas redondas o talleres y discutir organizados hacia una solución que nos lleve unidos al bien común.

Si bien la reducción de las jornadas de trabajo aumentaría la oferta de trabajo y muchas  personas contarían con un empleo, aun quedaría el desafío de alcanzar el bien común.

Para ello tenemos que  reorientar nuestras conductas hacia la integración general de todos los sectores de la sociedad, gobiernos, empresas y ciudadanos.

Necesitamos el método de la Educación Integral que nos enseña las técnicas para unirnos en torno del bien común, para alcanzar el bienestar individual.

Corría el año 2001 cuando al economista Serge Latouche le tocó moderar un debate organizado por la Unesco. En la mesa, a su izquierda, recuerda, estaba sentado el activista antiglobalización José Bové; y más allá, el pensador austriaco Ivan Illich. Por aquel entonces, Latouche ya había podido comprobar sobre el terreno, en el continente africano, los efectos que la occidentalizaciónproducía sobre el llamado Tercer Mundo.

Lo que estaba de moda en aquellos años era hablar de desarrollo sostenible. Pero para los que disentían de este concepto, lo que conseguía el desarrollo era de todo menos sostenibilidad.

Fue en ese coloquio cuando empezó a tomar vuelo la teoría del decrecimiento, concepto que un grupo de mentes con inquietudes ecológicas rescataron del título de una colección de ensayos del matemático rumano Nicholas Georgescu-Roegen.

Se escogió la palabra decrecimiento para provocar. Para despertar conciencias. “Había que salir de la religión del crecimiento”, evoca el profesor Latouche en su estudio parisiense, ubicado cerca del mítico Boulevard Saint Germain. “En un mundo dominado por los medios”, explica, “no se puede uno limitar a construir una teoría sólida, seria y racional; hay que tener un eslogan, hay que lanzar una teoría como se lanza un nuevo lavavajillas”.

Así nació esta línea de pensamiento, de la que este profesor emérito de la Universidad París-Sur es uno de los más activos precursores. Un movimiento que se podría encuadrar dentro de un cierto tipo de ecosocialismo, y en el que confluyen la crítica ecológica y la crítica de la sociedad de consumo para clamar contra la cultura de usar y tirar, la obsolescencia programada, el crédito sin ton ni son y los atropellos que amenazan el futuro del planeta.

El viejo profesor Latouche, nacido en 1940 en la localidad bretona de Vannes, aparece por la esquina del Boulevard Saint Germain con su gorra negra y un bastón de madera para ayudarse a caminar. Hace calor.


Pregunta.
 Estamos inmersos en plena crisis, ¿hacia dónde cree usted que se dirige el mundo?La cita es en un café, pero unos ruidosos turistas norteamericanos propician que nos lleve a su estudio de trabajo, un espacio minúsculo en el que caben, apelotonadas, su silla, su mesa de trabajo, una butaca y montañas de libros, que son los auténticos dueños de este lugar luminoso y muy silencioso.

Respuesta. La crisis que estamos viviendo actualmente se viene a sumar a muchas otras, y todas se mezclan. Ya no se trata solo de una crisis económica y financiera, sino que es una crisis ecológica, social, cultural… o sea, una crisis de civilización. Algunos hablan de crisis antropológica…

“La oligarquía financiera tiene a su servicio a toda una serie de funcionarios: los jefes de Estado”

P. ¿Es una crisis del capitalismo?

R. Sí, bueno, el capitalismo siempre ha estado en crisis. Es un sistema cuyo equilibrio es como el del ciclista, que nunca puede dejar de pelear porque si no se cae al suelo. El capitalismo siempre debe estar en crecimiento, si no es la catástrofe. Desde hace treinta años no hay crecimiento, desde la primera crisis del petróleo; desde entonces hemos pedaleado en el vacío. No ha habido un crecimiento real, sino un crecimiento de la especulación inmobiliaria, bursátil. Y ahora ese crecimiento también está en crisis.

Latouche aboga por una sociedad que produzca menos y consuma menos. Sostiene que es la única manera de frenar el deterioro del medioambiente, que amenaza seriamente el futuro de la humanidad. “Es necesaria una revolución. Pero eso no quiere decir que haya que masacrar y colgar a gente. Hace falta un cambio radical de orientación”. En su último libro, La sociedad de la abundancia frugal, editado por Icaria, explica que hay que aspirar a una mejor calidad de vida y no a un crecimiento ilimitado del producto interior bruto. No se trata de abogar por el crecimiento negativo, sino por un reordenamiento de prioridades. La apuesta por el decrecimiento es la apuesta por la salida de la sociedad de consumo.

P. ¿Y cómo sería un Estado que apostase por el decrecimiento?

R. El decrecimiento no es una alternativa, sino una matriz de alternativa. No es un programa. Y sería muy distinto cómo construir la sociedad en Texas o en Chiapas.

P. Pero usted explica en su libro algunas medidas concretas, como los impuestos sobre los consumos excesivos o la limitación de los créditos que se conceden. También dice que hay que trabajar menos, ¿hay que trabajar menos?

“Es necesaria una revolución. No hay que colgar a nadie, sino que hace falta un cambio radical de orientación”

R. Hay que trabajar menos para ganar más, porque cuanto más se trabaja, menos se gana. Es la ley del mercado. Si trabajas más, incrementas la oferta de trabajo, y como la demanda no aumenta, los salarios bajan. Cuanto más se trabaja más se hace descender los salarios. Hay que trabajar menos horas para que trabajemos todos, pero, sobre todo, trabajar menos para vivir mejor. Esto es más importante y más subversivo. Nos hemos convertido en enfermos, toxicodependientes del trabajo. ¿Y qué hace la gente cuando le reducen el tiempo de trabajo? Ver la tele. La tele es el veneno por excelencia, el vehículo para la colonización del imaginario.

P. ¿Trabajar menos ayudaría a reducir el paro?

R. Por supuesto. Hay que reducir los horarios de trabajo y hay que relocalizar. Es preciso hacer una reconversión ecológica de la agricultura, por ejemplo. Hay que pasar de la agricultura productivista a la agricultura ecológica campesina.

P. Le dirán que eso significaría una vuelta atrás en la Historia…

economista”.

R. Para nada. Y en cualquier caso, no tendría por qué ser obligatoriamente malo. No es una vuelta atrás, ya hay gente que hace permacultura y eso no tiene nada que ver con cómo era la agricultura antaño. Este tipo de agricultura requiere de mucha mano de obra, y justamente de eso se trata, de encontrar empleos para la gente. Hay que comer mejor, consumir productos sanos y respetar los ciclos naturales. Para todo ello es preciso un cambio de mentalidad. Si se consiguen los apoyos suficientes, se podrán tomar medidas concretas para provocar un cambio.

P. Dice usted que la teoría del decrecimiento no es tecnófoba, pero a la vez propone una moratoria de las innovaciones tecnológicas. ¿Cómo casa eso?

R. Esto ha sido mal entendido. Queremos una moratoria, una reevaluación para ver con qué innovaciones hay que proseguir y qué otras no tienen gran interés. Hoy en día se abandonan importantísimas líneas de investigación, como las de la biología del suelo, porque no tienen una salida económica. Hay que elegir. ¿Y quién elige?: las empresas multinacionales.

Latouche considera que las democracias, en la actualidad, están amenazadas por el poder de los mercados. “Ya no tenemos democracia”, proclama. Y evoca la teoría del politólogo británico Colin Crouch, que sostiene que nos hallamos en una fase de posdemocracia. Hubo una predemocracia, en la lucha contra el feudalismo y el absolutismo; una democracia máxima, como la que hemos conocido tras la Segunda Guerra Mundial, con el apogeo del Estado social; y ahora hemos llegado a la posdemocracia. “Estamos dominados por una oligarquía económica y financiera que tiene a su servicio a toda una serie de funcionarios que son los jefes de Estado de los países”. Y sostiene que la prueba más obvia está en lo que Europa ha hecho con Grecia, sometiéndola a estrictos programas de austeridad. “Yo soy europeísta convencido, había que construir una Europa, pero no así. Tendríamos que haber construido una Europa cultural y política primero, y al final, tal vez, un par de siglos más tarde, adoptar una moneda única”. Latouche sostiene que Grecia debería declararse en suspensión de pagos, como hacen las empresas. “En España, su rey Carlos V quebró dos veces y el país no murió, al contrario. Argentina lo hizo tras el hundimiento del peso. El presidente de Islandia, y esto no se ha contado suficientemente, dijo el año pasado en Davos que la solución a la crisis es fácil: se anula la deuda y luego la recuperación viene muy rápido”.

P. ¿Y esa sería también una solución para otros países como España?

R. Es la solución para todos, y se acabará haciendo, no hay otra. Se hace como que se intenta pagar la deuda, con lo que se aplasta a las poblaciones, y se dice que de este modo se liberan excedentes que permiten devolver la deuda, pero en realidad se entra en un círculo infernal en el que cada vez hay que liberar más excedentes. La oligarquía financiera intenta prologar su vida el máximo tiempo posible, es fácil de comprender, pero es en detrimento del pueblo.

Fuente: El País

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