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La hiperactividad de los niños es una clasificación que se ha dado en nuestros tiempos, primero pensamos que estos niños sufrían de trastornos y fueron clasificados como niños con problemas. Posteriormente con el tiempo nos dimos cuenta que ya no eran unos cuantos niños, era un fenómeno que estaba marcando a la mayoría de los infantes y no mucho después se convirtió en la norma para todos los niños.

Debemos entender que los niños de hoy realmente son diferentes, quieren todo y cuentan con un estimulo interno pujante y no tienen llenado aparente y todo esto nos muestran unos niños con cualidades completamente nuevas.

Nosotros lo llamamos hiperactivos, pero para ellos es normal.

Es erróneo interpretar estas conductas en base a los patrones de comportamiento anteriores, tal como fuimos educados por nuestros padres, porque realmente estos niños son diferentes, todo en ellos es nuevo.

Parecerá ilógico, pero la hiperactividad es un problema de los adultos, no de los niños.

Ellos no encajan dentro de nuestros caducos y estrechos límites y esto no es culpa de ellos sino nuestro. Por lo tanto debemos revisar de inmediato nuestros patrones de conducta y desarrollar actitudes diferentes hacia los niños para evitar “encadenarlos” todo el día. Intentamos imponerles nuestros patrones de conducta y nuestras limitaciones. Pero ellos ya no pueden vivir así.

Por lo tanto somos nosotros los que debemos refrenarnos, no los niños. Pero esto es muy difícil porque son nuestros hábitos.

La Naturaleza nos está mostrando la nueva fase de su proceso evolutivo. Nos está diciendo: “He aquí al ser humano del futuro. Aún está sin corregir, sin completar y sin moldear, pero estos son sus verdaderos atributos primordiales, sus deseos, propósitos e impulsos”. Este es el reto que nos está siendo planteado y ante el que tenemos que reaccionar.

Si una persona no recibiera educación, actuaría como un salvaje recién salido de la selva.

Por lo tanto debemos esforzarnos por apoyarnos en un modelo educativo nuevo acorde a estas exigencias, para no ser un estorbo en el desarrollo de la futura sociedad.

gritos

Mi amiga Eva es una madre excelente. Entre otras cualidades, tiene una paciencia que parece infinita, que une a un gran sentido del humor a la hora de explicarle a su hijo, de casi seis años (la misma edad que mi hijo mayor) por qué no debe hacer esto, o por qué debe hacer lo otro, con el resultado de que el niño parece que razona, también con humor, y se queda con la copla. Eva también resiste con tranquilidad envidiable accidentes caseros de esos que al resto de los padres nos suelen crispar bastante, tipo bebidas derramadas, comida fuera del plato, agua salpicada por la casa; o el ritmo a veces tan cansino de los niños de esta edad, aunque creo que esto tiene más bien que ver con que ella también es de natural pausado…

En fin, mi amiga Eva es la madre que yo creía que sería cuando aún no sabía lo que era ser madre. Una madre paciente, con buen humor, que no se preocupara por naderías, capaz de crear un clima de diálogo con mis hijos y de pasar horas jugando o haciendo manualidades con ellos… Pero la realidad me ha puesto en mi sitio, y me ha descubierto que pese a que quiero ser así, la mayoría de las veces no me sale ser así: me enfado cuando a los niños se les caen las cosas, aunque yo soy bastante pato y tiro vasos, me mancho al comer y rompo cosas. Me enfado cuando tardan en hacer lo que les digo. Me enfado de tener que repetirles todo hasta la extenuación. Me enfado de que me pidan cosas sin parar. Me enfado cuando gritan. Me enfado cuando se pelean. Me enfado cuando no saben gestionar sus frustraciones y ellos también se enfadan. Resumiendo, me enfado cuando son niños, lo que es muy habitual ya que son tres y son, desde luego, muy muy niños (casi seis, cuatro y dos años).

Y a veces no solo me enfado. A veces caigo en el lado oscuro y grito. A veces me convierto en mi vecina Alfonsa, a la que cuando yo era niña oía cómo gritaba a sus tres hijos a través del descansillo. No llego al punto de la Manoli, una antigua vecina de Eduardo que, en la vanguardia de la pedagogía, gritaba a sus hijos “Como te pille te voy a chocar contra la pared!!!!”, pero hay días que debo de parecer una verdadera loca, a mis propios vecinos y lo que es peor, a mis propios hijos. Y no me gusta. No me gusto. Pero no consigo evitarlo.

Y a esto le doy vueltas de forma recurrente, cuando me entero de la existencia, a través de una recomendación en Facebook, de una cosa llamada “The orange rhino challenge”, es decir, el desafío del rinoceronte naranja. En resumen, se trata de la web creada por una madre estadounidense con cuatro hijos de edades similares a los míos, que se planteó como reto estar 365 días del tirón sin gritarles! Se lo planteó muy en serio cuando un día se dio cuenta de que conseguía controlarse y no gritar delante de desconocidos por el qué dirán, mientras que sí gritaba a sus hijos, que al fin y al cabo eran su público más preciado y cuya opinión sobre ella era la que más le importaba.

Su desafío, que empezó en enero de 2012, tiene como lema “gritar menos, amar más”. Os resumo los puntos principales:

1. Reconocer la necesidad de cambiar y planteártelo seriamente, como una prioridad en tu vida.

2. Fijar un objetivo claro -que no tiene por qué ser un año: puede ser una semana, todas las horas del baño durante 10 días, un mes, etcétera.

3. Hacerlo público a familiares y amigos, para que nos sintamos más obligados a cumplir.

4. Crear una red de apoyo, tanto entre familiares y conocidos como virtualmente, a través de su propia página de Facebook. La pareja o un amigo al que poder mandar un mensaje o llamar cuando estemos a punto de perder el control, una comunidad con el mismo objetivo para apoyarnos y compartir avances, e incluso los propios niños, que nos tienen que avisar cuando vean que estamos a punto de reventar.

5. Identificar las situaciones en las que solemos gritar, para evitar las que se pueden fácilmente (por ejemplo, dejar preparado el desayuno si sabemos que las prisas por la mañana nos ponen nerviosos), además de crearnos un estado de alerta mental que nos ayude a controlarnos más. Para ello, propone anotar durante unos días en un formulariocuándo hemos gritado y los detalles de la situación. 

6. Practicar lentamente. La autora reconoce que los primeros días gritaba en mil sitios (armarios, cuartos de baño, dentro de jarrones, zapatos, etc) con tal de no hacerlo delante de sus hijos. Después pasó a aprender a apartarse y a no decirles palabras hirientes, sino a sustituirlas por simples ruidos, como rugidos tipo ahrggggggg, hasta que al cabo de unos días consiguió controlar el impulso de gritar. Aquí tiene otro lema: “No puedo controlar siempre las acciones de mis hijos, pero PUEDO controlar siempre mi reacción”. 

La página está en inglés, y contiene muchos consejos útiles, como 100 alternativas a gritar a tus hijoslo que ha aprendido después de los primeros 365 días sin gritar (ella ya va por el segundo año; en este enlace, una traducción al español), 12 pasos para empezar, y su propia experiencia de este último año y medio contada en forma de blog anónimo (se puso como alias Rinoceronte naranja porque es un color que le evoca energía y determinación, y el animal es fuerte, tenaz y en apariencia pacífico, aunque con un comportamiento agresivo si es provocado).

Si estáis en la misma situación que yo, gritáis, perdéis los nervios con frecuencia, tenéis la sensación de que a veces la crianza se hace cuesta arriba y en vez de depararos días de felicidad consiste en días de malhumor y agobio; si luego os sentís fatal, culpables, tristes, decepcionados, pero al día siguiente no conseguís evitar caer de nuevo, os recomiendo que le echéis un vistazo a la web. En este enlace tenéis un resumen en español.

Fuente: El Pais

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