Cada vez hay más escuelas solidarias

De servir el almuerzo a ancianos indigentes que viven en un hogar. Dejar, durante un viaje de estudios o de egresados, alguna excursión prevista para ir en cambio a trabajar la madera con un grupo de aborígenes. Construir dispositivos de energías alternativas (paneles solares, molinos de viento u otros) para barrios de sectores necesitados. Medir el grado de contaminación del agua de los tanques de los propios vecinos.

Estas son sólo algunas de las prácticas educativas solidarias que cada vez ocupan más espacio en los calendarios escolares. Hasta el momento unas 15.000 escuelas, de las 45.000 que hay en todo el país, llevan adelante algún tipo de actividad de lo que se conoce como aprendizaje en servicio. «En las escuelas argentinas siempre hubo tradición solidaria; lo nuevo es la gran cantidad de escuelas que en los últimos años han comenzado a proponer a sus alumnos que ofrezcan a la comunidad los conocimientos que adquieren estudiando», dijo a LA NACION Nieves Tapia, pionera y coordinadora hasta el año pasado del Programa nacional de educación solidaria, creado en 1997 en el ámbito del Ministerio de Educación de la Nación, y que otorga desde 2000 el Premio Escuelas Solidarias.

Tapia, actual directora del Centro latinoamericano de aprendizaje y servicio solidario (Clayss), explicó que «no se trata de juntar cosas o dinero y repartirlo a los pobres sino que las escuelas dan a la comunidad lo que sus chicos aprenden o crean por ellos mismos».

Cita como ejemplo la experiencia de una escuela en Berisso, cuyos alumnos investigaron sobre la historia local con la intención de impulsar emprendimientos turísticos en su zona, o la campaña de prevención del dengue que hicieron los chicos de varias escuelas de Puerto Libertad, en Misiones, durante el año pasado y que lograron que su localidad sea una de las que tiene menor índice de esa enfermedad en la provincia.

Çomentario:

«Hace falta saber mucho más para cambiar algo en la comunidad que para dar bien un examen» expresa la entrevistada que es docente y pionera en educación solidaria. Las escuelas solidarias sirven de ejemplo a la sociedad mientras construyen y moldean a un nuevo ser humano, a un hombre global, que entiende sobre la actitud a tomar respecto a los sucesos cotidianos y cómo debe relacionarse con los demás. Este entorno asegura una educación exitosa y en consecuencia, una vida plena.

CRECIMIENTO

Tapia recordó que en 1997, cuando junto con su equipo comenzó el programa solidario, le costó encontrar cien proyectos de ese tipo en las escuelas. «El crecimiento fue impresionante», señaló Tapia.

Sólo los proyectos que se presentaron en las seis ediciones que ha tenido el Premio Escuelas Solidarias desde su creación en 2000, son 26.400, desarrollados por 15.000 de las 45.000 escuelas de todo el país de todos los niveles y tanto públicas como privadas, en los que se han involucrado unos dos millones de chicos. Pudo haber ayudado también a este crecimiento la difusión del premio del ministerio y la inclusión de las prácticas de aprendizaje en servicio, en 2006, en la ley nacional de educación.

«Se trata de educar a los chicos desde pequeños a estar siempre dispuestos a dar una mano o hacer una gauchada a alguien», dijo a LA NACION José Rohr, responsable de las numerosas actividades solidarias desde hace casi una década y media en el Colegio Marín, de San Isidro. Allí, como en otros colegios de la zona norte, como el San Andrés o el Michael Ham, por poner sólo algunos ejemplos, se llevan adelante prácticas solidarias desde hace más de una década. La satisfacción que esto genera en los chicos es unánime.

Algunos establecimientos porteños también desarrollan proyectos. Es el caso de la Escuela Superior Normal N°2 Mariano Acosta, donde desde hace 32 años un grupo de alumnos, ex alumnos y docentes viaja anualmente a tres localidades de la provincia de San Juan para ayudar durante más de una semana a escuelas o a lugareños según sus necesidades más urgentes a levantar sus casas, instalar conexiones eléctricas o sanitarias. Este año el Mariano Acosta planea, con esfuerzo, continuar con su misión.

Investigaciones de los profesionales de Clayss muestran que en las escuelas que desarrollan estos proyectos no sólo mejoró la convivencia sino también el rendimiento académico.

«Hace falta saber mucho más para cambiar algo en la comunidad que para dar bien un examen», dijo Tapia, que pasado mañana viaja a Trento (Italia) invitada por el gobierno local para capacitar a directivos y docentes en aprendizaje en servicio.

La clave para que los estudiantes adhieran a proyectos de este tipo es, según la vasta experiencia de Tapia, que los docentes que los proponen crean realmente en estas iniciativas y den protagonismo a los chicos. «Esto no funciona en los colegios en los que les dicen: «Este año tienen que ser solidarios y hacer esto o aquello»», ejemplificó.

Fuente: La Naçión

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1 respuesta

  1. maria rivera dice:

    Muy interesante, permite ampliar la creatividad y trabajar con calidad con los nietos, agradezco estas ideas.

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