Más cerca de lo virtual que de lo real

Antes de que comenzara el proceso familiar de abstinencia digital, Sussy hacía los deberes con nueve ventanas de chat abiertas en su ordenador, mientras contentaba SMS y veía la tele. Lo confiesa su madre, Susan Maushart, socióloga en la universidad de Nueva York. Preocupada por esta sobredosis tecnológica, un día decidió eliminar de su hogar los cuatro ordenadores, la consola de videojuegos, los cuatro móviles, los iPod y las dos televisiones que hasta ese momento absorbían la vida de sus vástagos y la suya propia.

Paul Miller también estaba enganchado. Conectado «día y noche» a la Red, el periodista imitó a los Maushart y se unió voluntariamente al apagón digital. Optó por desconectarse durante todo un año de la droga que le tenía absorbido y que sentía que le estaba «corrompiendo el alma», según ha relatado él mismo.

Susan y los suyos pasaron seis meses de abstinencia tecnológica. Paul, el doble. A los Maushart el experimento les salió bien. Dice la cabeza del clan que ahora la familia está más unida y aprovecha mejor el tiempo. A Miller la prueba le salió medio rana y cuando acabó el periodo de privación decidió volver a conectarse.

Las dos experiencias abren el debate de si vivimos demasiado apegados a Internet, más cerca de lo virtual que de lo real. ¿Somos capaces de volver al punto cero, ese en el que la Red era una quimera? Ambos experimentos revelan la cara y la cruz de esta regresión tecnológica: Susan quería lograr una desconexión total y ver sus efectos en ella misma y en sus hijos. Su cura de desintoxicación la ha contado en el libro Pause, editado ahora en Francia. Miller volcó sus vivencias en el medio americano The Verge.

Comentario:

Todos los extremos son malos… debemos ver a la tecnología como una herramienta que facilita muchas de nuestros asuntos cotidianos. El problema está cuando esta herramienta la convertimos en nuestra forma necesaria e indispensable de vida ya que dejamos de tener vida propia para pasar a ser controlados por ella. El extremo de la tecnología nos encamina hacia un mundo frío y apartado, donde los valores morales y humanos no tienen cabida; por ejemplo, la familia pasa a un segundo plano.

Quítame el pan, pero no Internet

«Lo que nos pides no es justo. Nos impones tu voluntad». Apasionante para su promotora, el plan de purificación de Susan no gustó a Anni, 18 años; Bill, 15; y Sussy, de 14. «Hubieran preferido que les prohibiera comer, beber o que les obligara a lavarse el pelo», dice la madre. Quítame el pan, pero no Internet. En su relato la socióloga americana narra el antes y el después del proceso de desintoxicación. La familia padecía auténtica dependencia tecnológica. Sus hijos, dice, podían pasar una media de siete horas diarias inmersos en el mundo virtual en sus diversas formas (Internet, smartphone, videoconsolas…).

Explica que cuando salía del trabajo se encontraba con decenas de llamadas y SMS de sus vástagos. No eran mensajes de urgencia, sino banalidades del tipo: «Mamá, no hay nada para cenar ¿qué como?» o «¡Mi hermano me ha pegado!». «No somos conscientes de hasta qué punto los teléfonos móviles aumentan la dependencia de los hijos de sus padres», dice.

Tras comenzar su régimen digital, Paul Miller empezó a sentirse mejor, más liberado, comenzó una novela, hacía deporte y devoraba novelas

Este exceso comunicativo se esfumaba cuando el clan se sentaba a la mesa. Todos más pendientes de algún aparato que del plato o del interlocutor, la interacción familiar era deficiente. La virtual, sin embargo, rozaba lo patológico. Explica Maushart que un día descubrió a una de sus hijas haciendo los deberes con siete ventanas de chat abiertas en el ordenador y mientras veía una serie descargada ilegalmente.

Fuente: El Mundo

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