Los adolescentes dan mucho más trabajo que los bebés

Arrullos eternos para sueños demasiado breves. Llora y llora. Vomita. Se mancha, mancha. Ata. Limita. Impone horarios. Acorta libertades. Promueve discusiones. La entrada de un bebé en la escena hogareña es como una bomba que explota y obliga a reacomodarse en ese nuevo terreno, inhóspito. Claro que el amor es tan inmenso que lo sostiene todo, pero no por eso hay que negar que criar un bebé demanda energía y una paciencia digna del más consecuente monje zen. Como sea, aseguran los padres con experiencia, convivir con un adolescente es mucho peor.

Hijos chicos problemas chicos, hijos grandes problemas grandes, sostiene el dicho popular. La rebeldía necesaria, la calle, las novedades, el no control, la moda que sea, las nuevas tecnologías, la noche. El cóctel teen es difícil de digerir para los padres con pocas pulgas o poco relajados y de cinturas rígidas.

En una reciente encuesta dirigida a padres, la mayoría de los más de 1.200 que respondieron afirmó con contundencia que los adolescentes dan mucho más trabajo que los bebés. La idea fue del sitio británico Netmums, que lanzó la pregunta al aire y los padres contestaron sin dudar: los adolescentes son vagos, no ayudan para nada en el hogar, no quieren hacer los deberes. Tres de cada 5 padres también dijeron que sus hijos sufren de ansiedad, y la mitad aseguró que lo único que les interesa a sus hijos es ser “cool”, encajar en su grupo de amigos y ser popular en redes sociales. Señalaron los 13 años como el momento más áspero, y admitieron que a los 17 la cosa empieza a remontar. ¿Es una cuestión quejosa de la paternidad británica o acá pasa lo mismo?

Comentario:

El problema es profundo y muy complejo. Hemos creado una brecha generacional que a veces se nos antoja como insalvable.  La sociedad y el modo de vida han sufrido cambios desde el siglo pasado cuyos resultados aún no podemos cuantificar. La tecnología llegó para beneficiar al mundo pero al mismo tiempo para transformar su forma de relacionarse.

La economía y los medios de comunicación nos han puesto de cabeza afectando al núcleo familiar; nuestros valores se han visto trastocados y muchos no saben distinguir el bien del mal. Nuestro juicio está afectado y lo que está bien para ti, puede estar mal para mí.

En todo este contexto, el modo de vida ¿en dónde quedó nuestra oportunidad de formar a nuestros hijos, el tiempo para reflexionar en nuestro destino, nuestras ética en la vida, y transmitirles nuestros valores? Ciertamente, no es la guardería, ni la escuela que está llevando a cabo la labor de enseñarles a nuestros hijos que la segregación, el individualismo, el egoísmo la discriminación y la mala educación solo nos traerán dolor.  Que es mejor tratar al prójimo como queremos que él nos trate y colaborar con los otros es lo más mejor para todos.

Es indispensable darles un poco de nuestro tiempo, nuestra atención íntegra, platicar, pasear con ellos, escucharlos, comprenderlos, guiarlos desde su primera infancia, enseñar con el ejemplo; y recuerden que lo que retenemos no es tanto lo que nos dicen, sino cómo nos lo dicen.

Clarín consultó a varios especialistas.

“Que los adolescentes dan más trabajo que los bebés, coincido ampliamente. Que no colaboran en el hogar, son vagos y no están interesados en hacer los deberes, esos temas se pueden generalizar y aplicar a nuestros adolescentes argentinos, así como la preocupación por la ansiedad y el peso, por ser cool, encajar en el grupo de amigos y ser popular en las redes sociales”, asegura Claudia Messing, psicóloga, socióloga, autora del libro ¿Por qué es tan difícil ser padres hoy?

“El temple de los padres se ve puesto a prueba en ambos casos, pero de diferente forma –dice el psicólogo Miguel Espeche, autor de “Criar sin miedo–. Mientras la novedad del nuevo integrante, con la fragilidad a cuestas, implica una prueba fuerte para padres que tienen que cambiar dramáticamente su ritmo para cumplir con su función, en el caso de los adolescentes se pone a prueba la autoridad y la sensación de ser tocado emocionalmente por la experiencia del hijo, por haber vivido situaciones sociales similares, algo que moviliza y complejiza la cuestión por la identificación que significa. El adolescente va ampliando terrenos y suele jugar al fleje en lo que a límites se refiere. De allí que a veces los padres se sientan provocados y deban poner en juego su paciencia, a la vez que hacen un duelo respecto de aquel angelito al que cambiaban pañales y que adoraba a sus padres sin reservas”.

Miriam Mazover, psicoanalista y directora del Instituto Fernando Ulloa, marca una clara diferencia: el bebé no pide límites, ideales ni escala de valores. Y esto muchas veces pone a prueba la función paterna hoy desvirtuada. “Hay mucho padres inmaduros que se ponen en el lugar de pares de sus hijos. Hay que sostener el lugar de padres que nos compete y aceptar la diferencia generacional, entender que nuestros hijos no son a imagen y semejanza de nosotros. Hay que aprender a no proyectar nuestros propios deseos incumplidos sin pretender que sean ahora ellos los que los realicen. Este aprendizaje requiere la elaboración de duelos: los padres nos vamos poniendo mayores”. Muchos padres no se bancan envejecer, y mucho menos que le digan che, viejo…

“Las actitudes parentales de “pobrecito” y “his majesty the baby” que encuadran hoy la mirada de muchos padres tienden a privar a los hijos del aprendizaje de actitudes solidarias y de agradecimiento por los favores recibidos, además de debilitar su tolerancia a las frustraciones inevitables del vivir. Antes las cosas estaban claras y la autoridad parental era firme, pero en los últimos tiempos los padres nunca están demasiado seguros de lo que está bien y de lo que está mal –dice Irene Loyácono, directora del Centro de Terapia con Enfoque Familiar–. Al mismo tiempo hoy los padres toleran menos el cuestionamiento de sus hijos adolescentes.

Si le damos los gustos y toda la libertad, ¿por qué se enoja con nosotros?

Porque ésa es su tarea: diferenciarse de sus padres y esforzarse por ser aceptado por sus pares”. Loyácono igual da en la tecla: “Pensar que es más fácil criar bebes sólo puede explicarse por la tendencia de los humanos a olvidar los malos momentos”. Contundente.

Fuente: Clarin

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