Abrir la mano

Comentario:

Cuántas veces en nuestra vida no nos hemos encontrado en situaciones tales que tenemos que recurrir a nuestro orgullo para disimular el ridículo, justificarnos y sobre todo: proteger a nuestro ego herido.

Pero recurrir al orgullo es un arma de dos filos bien afilados y dolorosos, siempre alerta para darnos un golpe certero, además de que nos aleja de todos aquellos que amamos.  Donde reside el orgullo, no vive ni la amistad, ni el amor, ni la bondad.  Es un enemigo que nos ciega y distorsiona la realidad de nuestra existencia.

Vivir con sencillez, admitir que no poseemos ni todo el conocimiento, ni toda la sabiduría, que nos podemos equivocar, nos conduce a estar alertas en nuestros discernimientos y dispuestos a cambiar de opinión y de camino.

Consideren que la vanidad, el orgullo, no son sino un viento helado que corre por entre los muros de las casas provocando ruidos extraños. Puede asustarnos, pero no es sino eso: viento.

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