En un pequeño pueblo… (Relato)

 Es un pueblito tranquilo en el que, aprovechando el agua que cae de la fuente, se ha formado un estanque con peces de colores, renacuajos, ranas; aves de todas clases: jilgueros, tordos, palomas, milanos, insectos de todos los tamaños, un mundo completo de pequeños seres que viven su vida tranquilamente: moscas, mosquitos, saltamontes, mariposas, grillos, luciérnagas, hormigas, ciempiés.

En este pueblecito tan pintoresco, en cuya plaza del ayuntamiento está la fuente con su estanque, también hay un jardín. Un jardín precioso, poblado de numerosas flores de muchos colores y de muchas clases, hay rosas rojas, amarillas, blancas, también petunias azules, malvas, margaritas, pensamientos, azaleas, y más y más flores y arbustos.

A estas flores las protegen algunos árboles que, con su sombra, evitan los fuertes rayos del sol que al medio día caen con toda su fuerza sobre este jardín tan hermoso que rodea el estanque que hay en la plaza de este pueblecito.

Hace mucho que no llueve. Nadie riega ese jardín, ni esos árboles; el estanque está muy lleno, el agua no deja de caer, pero los árboles están un poco lejos, no pueden beber. Si los árboles se secan las flores se abrasarán con los rayos del sol, y la plaza ya no será la misma.

El roble se lamenta: – ¡Cómo esto siga así nos vamos a morir de sed, hay mucha agua pero no llegamos a ella! La gente de este pueblo está muy ocupada, no se da cuenta de que no nos riegan y nos vamos a secar. ¿Qué será de las flores? Si se mueren se irán los insectos, las aves no tendrán con que alimentar a sus polluelos, y el estanque se quedará solo con su agua. ¿De qué le servirá, si no tendrá a nadie para saciar con sus aguas la sofocante sed?

A los pies de este roble estaba Pablito, un niño que vivía cerquita de la plaza del pueblo y que, aunque su mamá se empeñaba en que todos los días durmiera la siesta, él, todos los días, se escapaba al estanque para escuchar las conversaciones que tenían todos estos seres de miniatura.

– No te preocupes –le dijo Pablito al roble- yo te acercaré el agua para que puedas beber.

Pablito era muy pequeño y no podía con un cubo de agua, pero era muy inteligente, y con un palo que encontró fue escarbando un surco en la tierra para que el estanque se desbordara, y el agua llegara a los árboles del jardín.

– Vamos chicos, florecillas del jardín –dijo el roble-, ya podemos beber, saciaremos nuestra sed gracias a Pablito….

Silencio, roble –dijo una margarita-, Pablito se ha dormido……

Duerme la siesta Pablito y sueña con los angelitos…

Relato anónimo

También te podría gustar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *