Su sueño era la paz (Relato)

 

Leymah Roberta Gbowee (Monrovia, Liberia, 1972) es una activista africana encargada de organizar el movimiento de paz que puso fin a la Segunda guerra civil liberiana en 2003. Ganadora del premio Nobel de la paz del 2011 junto con Sirleaf y Tawakkul Karman, he aqui parte de su historia:

Su sueño era la paz y lo materializó con un movimiento de mujeres que dio estabilidad —y una presidenta— a su país, Liberia. Leymah Gbowee, una de las tres ganadoras del Nobel de la Paz, habla aquí de sus esperanzas, sus temores por las mujeres árabes y el significado real del liderazgo.

Aunque Gbowee nunca llegó a ser médica, sí se convirtió en sanadora. Pero primero afrontó años de terror. Mientras los rebeldes, encabezados por Charles Taylor, intentaban derrocar al corrupto presidente Samuel Doe, ambos bandos se enfrascaron en una espiral de violencia. Gbowee vio cómo asesinaban civiles frente a sus ojos. En una iglesia hubo una matanza. “Entre los bancos, donde cantábamos y orábamos…, ellos violaron, apuñalaron, acribillaron y dieron machetazos”, refiere. Con algunos parientes, huyó de un albergue improvisado a otro, pasó hambre muchas veces y durante un tiempo vivió en un campamento para refugiados infestado de mosquitos, en Ghana.

Las cosas empeoraron. Cuando regresó a Liberia, en 1991, después de que se formó un nuevo gobierno interino, Gbowee vio una devastación total. “La gente había huido y dejado sus casas en manos de los combatientes”, cuenta, “y los que regresaron y vieron que sus posesiones habían de-saparecido, saquearon lo que quedaba en las viviendas de otros. Mi vida se había reducido a nada”.

Gbowee se relacionó con un hombre llamado Mens que la golpeaba, y justo cuando iba a abandonarlo, descubrió que estaba embarazada. Al verse sin salida, se quedó y tuvo dos hijos más con él. Pero esto no quebrantó su espíritu. Empezó a estudiar en un programa del UNICEF (a pesar de ser maltratada en casa por asistir a clases), y luego, convertida en trabajadora social, se dedicó a ayudar a personas traumatizadas por la guerra.

¿De dónde saca tanto valor?

De mi fe. He llegado a una conclu-sión: todo lo que soy, todo lo que aspiro a ser, todo lo que fui antes, es por la gracia de Dios. Hay muchas mujeres, dentro y fuera de África, que son más inteligentes que yo.

Pero algo debió darle el valor para salir de su desesperada situación. Alguna puerta se le abrió…

Ocurrió algo cuando oí a uno de mis hijos decirle a mi madre que le tenía miedo a su papá. Me enojé conmigo misma por permitir que mis hijos vieran tanto abuso. A partir de ese momento juré protegerlos y no seguir atrapada. Incluso ahora, cuando hablamos de los derechos de las mujeres, sé que mis hijas se beneficiarán, aunque a mí no me toque. Cada vez que miro a mi alrededor, la promesa que les hice a mis hijos de protegerlos me da valor. Tengo suerte de ir a las comunidades y ver la realidad. Tengo suerte de ir con los gobernantes y contarles esa realidad, y tengo suerte de ir a los foros internacionales y decir: “No sé qué piensan que están haciendo, pero no están ayudando a este grupo de personas”. 

Cuando voy a Estados Unidos —he visitado muchas escuelas en Nueva York— sé que hay problemas, cosas que hacen que la gente diga: “Necesitamos hablar, y muy fuerte”. Pero ante todo está mi fe. Antes de hablar, siempre digo una oración. Y el motivo por el que me importa difundir mi libro es que espero que puedan enviarse miles de ejemplares a África para las mujeres y las jóvenes, para que sepan qué pueden hacer. Y quiero mandar el libro a Minneapolis, adonde emigraron muchas jóvenes liberianas, y llevarlo también al Congo.

Después de la Primavera Árabe, ¿qué papel piensa que podrían tener las mujeres en el Medio Oriente?

Me decepcionaron esas mujeres. Se unieron a las protestas, y cuando ganaron la primera batalla, se retiraron. En Egipto, por ejemplo, cuando Mubarak se fue, todas regresaron a sus casas. El 8 de marzo [Día Internacional de la Mujer] fueron a la Plaza Tahrir para protestar, y luego [cuando se vieron acosadas] se echaron para atrás. Creo que debieron haber tenido el valor para protestar aún más, por algo que sé acerca de cambiar la dinámica de cualquier país, en especial en lo que se refiere a los problemas de las mujeres: que nadie lo puede hacer por ti. Una activista iraní me comentó: “Tienes razón en tu análisis de Egipto. Cuando la revolución tuvo lugar en Irán y vimos cómo eran tratadas las mujeres, nos dijimos: Esto va a durar dos semanas. Lo que vemos es una degeneración total de los derechos de las mujeres en Irán porque no actuamos inmediatamente”.

Eso es justo lo que está ocurriendo en Egipto, y en Túnez. Las mujeres dejaron la lucha demasiado pronto. Creo que necesitaban una protesta continua para seguir diciendo: “Aquí estamos, somos parte de esto”. No deben mirar a Estados Unidos ni a Hillary Clinton. Tienen que buscar su propio camino.

¿Alguna vez siente miedo?

A veces. Mi momento más aterrador fue el 23 de marzo, cuando fuimos a Nigeria a protestar en nombre de las mujeres de Costa de Marfil. No temía por mí, sino por las mujeres que estaban en las calles; pensaba en la última serie de ataques represivos. Mis colegas obtuvieron pases para entrar en el centro de conferencias donde los presidentes se habían reunido [para hablar sobre África Occidental]. Mi conciencia jamás me habría permitido estar sentada dentro mientras las mujeres corrían peligro afuera, así que me uní a la protesta.

Usted también corrió peligro.

Ser líder es estar al lado de tu gente. Las mujeres me quieren viva para que siga luchando, pero a veces una tiene que demostrar que es una verdadera líder. Si esas mujeres protestaban bajo un sol abrasador, yo, que las junté, debía estar con ellas, en vez de estar sentada en una conferencia aburrida. En las calles, ¡bailamos! Los militares no podían creerlo, pero bailamos en su cara. Sí, a veces temo la muerte y por mis hijos, pero a lo que nunca le he tenido miedo es a pararme frente a gente importante y decir lo que pienso. Represento a mujeres que quizá nunca tendrán oportunidad de ir a la ONU ni de hablar con un presidente. A mí jamás me da temor decirle la verdad al poder.

¿Qué desea que los lectores entiendan de sus libros?

Quiero romper el mito de las mujeres africanas de senos flácidos con tres niños a las espaldas y un plato vacío en las manos. Quiero echar abajo el mito de que somos víctimas to-do el tiempo. Aun como víctimas, sobrevivimos. Somos mujeres fuertes que sufrimos mucho, y a pesar de eso nos mantenemos de pie. Yo hablé con un grupo de niños estadounidenses, y un chico de ocho o nueve años me dijo: “Regresa a tu país, perdedora”. ¿De dónde sacó eso? No quiero que ninguna otra mujer africana sea tachada de perdedora en este país. Deseo que la gente nos vea como somos, victoriosas en la tarea que hemos realizado. Y quiero inspirar a las estadounidenses. Ya es hora de que veamos una presidenta en este país. Deseo que las jóvenes alcen la voz, especialmente por los niños de los barrios pobres. Y quiero inspirar a los jóvenes para que se relacionen con mujeres de verdad. Dondequiera que te encuentres, puedes levantarte. Nada ni nadie puede impedir que seas lo que quieres ser.

Fuente: Selecciones

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