El Mirasol, una aldea de Mártires

 

El Mirasol es unas de las aldeas de la Argentina que se apaga como una vela. Quedan 49 personas: sólo cinco son niños, no hay adolescentes y el resto son adultos mayores. Toda la gente vive del Estado, principalmente de jubilaciones y planes sociales, y en la soledad distante de la meseta central de Chubut. Junto a la comuna de Las Plumas son los dos únicos asentamientos humanos en el departamento de Mártires (Chubut) , el que más rápido pierde población en la Argentina. Una sequía de más de cuatro años y las cenizas del volcán Puyehue diezmaron al ganado ovino, la única fuente de trabajo rural, y la población comenzó un éxodo hacia las grandes ciudades de la provincia.

La aldea se encuentra a 80 kilómetros de Las Plumas, tras manejar más de una hora y media en el ripio de la ruta provincial 59. El camino es un preámbulo del lugar: rara vez se cruza un vehículo en el camino y al bajar del auto el zumbido del silencio apenas se ve interrumpido por el viento patagónico. La única estación que se sintoniza es AM 780, Radio 3 de Trelew, que cuatro veces por día transmite boletines comunitarios y mensajes para el hombre de campo. Los pobladores de todos los parajes rurales sintonizan la radio para escuchar oportunidades, avisos fúnebres y hasta recados de familiares y amigos que no tienen otra forma de comunicarse: «Para Justo Ávila. Su sobrina Janeth le hace saber que se encuentran todos bien. Envían saludos», dice el locutor.

Comentario:

¡No es el único pueblito que está desapareciendo en el planeta por falta de habitantes! Una política totalmente errónea de los gobiernos, centraliza todas las estructuras sociales y laborales solo en las grandes urbes. Y esto a la fecha ha conducido a la sobrepoblación en las ciudades y el abandono de los pueblos, sobre todo por parte de los más jóvenes.

Se tiene que cambiar el sistema y distribuir apoyo y seguridad por todo los territorios nacionales. Incentivar el trabajo del campo con capacitación y distribución de los productos. Solo así podremos evitar que muchos pueblos se conviertan en «fantasmas» y que las grandes ciudades sigan saturándose de habitantes.

PARTE I . Las Plumas, única localidad del departamento de chubutense de Mártires, perdió el 20,4% de la población en diez años, según el último Censo. La falta de lluvias y las cenizas arruinaron su economía y las familias huyeron por la falta de trabajo. Leer aquí >

LOS 49

En el centro de la aldea hay un colegio primario rural al que asisten cuatro niños a estudiar, de 8 de la mañana a 3:30 de la tarde, y uno a comer al mediodía. Yamila (5) va a preescolar; Lucas (8) a tercer grado; y Sofía (9) y Walter (10) a cuarto. Otro chico de 12 años que terminó sexto grado sólo va a almorzar. Allí hay una directora, un docente y tres mujeres que trabajan en maestranza.

La escuela es el punto de partida. Allí los niños comen en silencio. Para romper el hielo les preguntamos qué quieren ser cuando sean grandes: tres afirman que maestro y uno «nada, quiero vivir aquí». Una de las empleadas escucha las respuestas y apunta: «maestro es el único trabajo que ven, el resto vive de ayudas y subsidios del Estado».

 

En 1983 El Mirasol tenía una escuela con 40 alumnos y 150 habitantes en total. Hoy quedan 4 alumnos en las aulas y 49 personas.

Aunque en el padrón electoral del lugar haya 80 personas, quedan muchas menos. Amalia Blanco , la portera del colegio, toma papel y lápiz y empieza a sacar cuentas y anotar los nombres. Los recuerda a todos, son 49.

 

Amalia, de 53 años, mantiene este trabajo desde el 1983, cuando había 40 alumnos y unos 150 pobladores. Para el 2000 quedaban 20 chicos en las aulas y unos cien habitantes. Incluso sus cinco hijos, que van de 20 a 36 años, son parte de aquellos que se vieron obligados a emigrar a Trelew para estudiar y trabajar.

El colegio local tiene sólo hasta sexto grado. Para continuar estudiando los niños deben ser enviados a internados en las localidades de El Escorial (a 68 km) o Camarones (a 300 km) con un régimen de 20 días de clase y 10 en el hogar.

«En los últimos 10 años se fueron dos familias y gente mayor por problemas de salud. También están los que murieron. Pero ante la falta de trabajo en el campo, todos los jóvenes se terminan yendo a Trelew», dice.

 
(De izquierda a derecha) Sofía, Yamila, Lucas y Walter son todos los alumnos de la escuela rural de El Mirasol. Foto: LA NACION / Sebastián Rodeiro

«Tristeando»

Detrás de la escuela, hay dos grandes caminos de tierra que llevan a un grupo de casas numeradas que en la puerta o el patio tienen su horno de barro. Al caminar hacia adentro la gente entra a sus casas, evita el contacto visual y se muestra huraña. Sólo algunos hombres mayores salen y quieren hablar de cualquier tema.

La mayor parte de la población son hombres mayores que viven solos en sus casas o ranchitos. Todos cobran algún tipo de ayuda de estatal por la falta del trabajo (en el pasado todos fueron trabajadores rurales). Literalmente no hay ninguna ocupación posible.

 

Los días pasan sin matices. La aldea tiene electricidad de 8 a 15 y de 17 a 24 horas y hay un sólo teléfono

Los días transcurren todos iguales: sin distinguir feriados, domingos o días hábiles. La gente permanece mucho tiempo en sus casas, se levanta tarde y se duerme temprano. El generador de la aldea marca el pulso de todo: hay electricidad de 8 a 15 horas y, luego de la siesta, de 17 a 24 horas. La televisión es sólo para quien puede pagar un abono del servicio satelital de DirecTV .

 

Isabel Ayala , una de las monjas que visita una vez por mes El Mirasol y con base en Las Plumas, afirma con pesadumbre que la soledad los enferma. «Nosotras los vamos a visitar a sus casas, charlamos y les pedimos que no tomen ni fumen», afirma la religiosa y agrega que la muletilla más común entre los mayores es «acá andamos tristeando , pasando de la vida» .

Uno de los dramas es cuando alguien va al médico. Generalmente tarda entre siete u ocho días en volver porque pasa un solo colectivo semanal. Allí es cuando el que se queda esperando merodea el único teléfono de la aldea, un semipúblico en la puerta del colegio, o se queda prendido a la radio a la espera de escuchar un recado en los mensajes para el hombre de campo de la AM de Trelew.

En los últimos diez meses hubo misa tan sólo una vez en la pequeña capilla de la aldea, que tiene cuatro bancos, una cruz y dos estandartes con pasajes bíblicos. Isabel recuerda con pesar que esa última vez dos hombres llegaron ebrios. «Hay que entender su manera de sentir y de pensar. A la gente le cuesta mucho abrirse y contar qué le pasa», apunta.

Fuente: La Nación

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