El país que obliga a las viudas a vivir en el exilio

 

Una moto oxidada acelera por un polvoriento camino en el norte de Ghana. Deja atrás una nube de humo rojo. Cuando llega a un pequeño caserío, el motorista ayuda a su madre a bajarse. Samata Abdulai, de 82 años, acaba de llegar a Kukuo, uno de los seis campamentos a donde van a parar las mujeres acusadas de brujería, para evitar que les peguen, las torturen o incluso las linchen.

Se cree que estos campamentos existen desde hace más de 100 años, cuando fueron creados por los jefes de los pueblos para garantizar la seguridad de estas mujeres. Estos están a cargo de los tindanas, los líderes que se encargan de limpiar a la acusada para proteger a la comunidad de cualquier clase de brujería.

También las exorcizan para evitar que sufran el castigo de algún vecino enardecido. En la actualidad pueden albergar hasta 1.000 mujeres en sus chozas, que carecen de electricidad o agua potable. Para conseguir agua, los habitantes de Kukuo deben caminar cerca de 5 kilómetros hasta el Río Otti, y regresar cuesta arriba cargando pesados contenedores.

Comentario:

Lamentablemente, hoy en día, todavía existen estos tipos de realidades en muchas áreas del planeta. Nosotros tenemos grandes responsabilidades hacia ellos pues aunque parezca que están muy lejos, estamos interconectados con todas las aldeas mas alejadas física y socialmente de nuestros países. Nuestra enorme responsabilidad es organizar lo más pronto posible una nueva sociedad, donde la Reprocidad Mutua y la Educación Integral sean sus fundamentos, y que esta nueva sociedad haga sentir toda su influyencia a todo estos lugares del mundo donde la gente vive en el miedo y en el egoísmo.

Es una vida dura para una mujer mayor, pero Abdulai está dispuesta a soportarla con tal de sentirse segura. Las mujeres sobreviven recolectando leña, vendiendo bolsas de maní y trabajando en las granjas vecinas.

Antes de llegar, Abudlai vivía en Bulli, una población a 40 kilómetros. Allí pasaba sus días ocupándose de sus nietos, mientras su hija trabajaba en el campo.

Llevaba un existencia feliz, tranquila después de haber trabajado toda su vida vendiendo ropa de segunda mano.

Pero de repente un día, uno de sus hermanos le avisó que los vecinos la estaban acusando por la muerte de su sobrina. Decían que le había hecho un maleficio a la niña.

«Estaba confundida y muerta de miedo porque sabía que era inocente», dice. «Pero sé que una vez que la gente te llama bruja, tu vida está en peligro y sin esperar siquiera a juntar mis cosas, huí de aquí».

«Las mujeres más viejas se vuelven un blanco porque ya no son más útiles para la sociedad»

Dzodzi Tsikata, Universidad de Ghana

Los campamentos para brujas son únicos en el norte de Ghana. Pero este país comparte con otras naciones africanas la creencia de que las enfermedades, las sequías, los incendios y otros desastres naturales son consecuencia de la magia negra. Y las supuestas brujas son casi siempre ancianas.

Un informe de ActionAid sobre estos campamentos, publicado recientemente, señala que más del 70% de las residentes de Kukuo fueron acusadas después de que fallecieran sus maridos, dando a entender que las acusaciones de brujería son una forma de tomar control de las posesiones de una viuda.

«Los campamentos son una manifestación dramática del estatus de las mujeres en Ghana», explica Dzodzi Tsikata, de la Universidad de Ghana. «Las mujeres más viejas se vuelven un blanco porque ya no son más útiles para la sociedad».

Sumisión o expulsión

El comportamiento excéntrico también es otro motivo de sospecha.

Las mujeres que no cumplen con lo que se espera de ellas también son víctimas de las acusaciones de brujería, según Lamnatu Adam, del grupo de defensa de los derechos de la mujer Songtaba.

«Se espera que las mujeres sean sumisas, por eso cuando una empieza a expresar su punto de vista o a tener éxito, la gente asume que está poseída».

Safia, una de las hermandas de Abdulai, de 52 años, también vive en Kukuo. Su presencia se sumó a la de su propia madre y su abuela, expulsadas de la comunidad por el mismo motivo.

«No son brujas», asegura Safia. «Esto es puro odio, celos y una forma de deshacerse de uno».

Al igual que la mayoría de las mujeres del campamento, Safia cree que las brujas existen pero que muchas fueron acusadas injustamente.

La excentricidad también puede ser interpretada como un síntoma de estar poseída por los espíritus.

«En las comunidades tradicionales no hay un entendimiento de lo que puede ser la depresión o la demencia», señala Akwesi Osei, jefe de psiquiatras del servicio de salud de Ghana, quien asegura que la mayor parte de las mujeres de los campamentos sufren alguna clase de enfermedad mental.

Cambio paulatino

El gobierno de Ghana considera que estos refugios para brujas son una mancha en la reputación de uno de los países más democráticos y económicamente vibrantes de África.

Las autoridades aseguraron que tomarán medidas para eliminarlos tan pronto como sea posible. Dicen que podrían acabar con ellos incluso para fines de este año.

Sin embargo, enviar a estas mujeres de vuelta a sus hogares es un peligro.

«Tenemos que hacer mucho trabajo para que las comunidades las puedan acoger sin lincharlas o acusarlas cada vez que pasa algo, como por ejemplo si una vaca salta la cerca y destruye algo a su paso», comenta Adwoa Kwateng-Kluvitse, directora de ActionAid en Ghana.

Esto, añade, puede llevar hasta 10 o 20 años.

En Kukuo, Abdulai debe cumplir con un ritual para que la comunidad determine si es culpable o inocente.

Primero debe comprar un pollo y ofrecérselo al sacerdote fetichista residente.

Este se pone en cuclillas y empieza a cantar mientras le corta el pescuezo. Mira cómo cae al suelo. Como cayó de espaldas, quiere decir que es inocente.

Con una enorme sonrisa Abdulai salpica agua bendita entre los presentes. Siente que se ha reivindicado.

«Me preocupa quién cuidará de ellos (mis nietos). Yo era la única que los bañaba y los ponía a dormir. ¿Quién se encargará de hacerlo ahora?»

Samata Abdulai

Si hubiese sido hallada culpable, la hubiesen obligado a participar en otra ceremonia de limpieza en la que debe beber sangre de pollo y comer cerebro de mono y tierra. La mujer debe ingerir esta mezcla sin caer enferma durante los próximos siete días, para que el exorcismo tenga efecto. Si no, debe repetir la operación.

De todos modos, esto no implica que Abdulai pueda volver a su hogar. Pese a que el ritual demostró su inocencia, la creencia de que es una bruja es tan fuerte en su comunidad que nuca podrá regresar y sentirse segura.

«Cuando te acusan de brujería pierdes tu dignidad», dice. «Y para ser honesta, siento ganas de morirme».

Lo que más la apena es que no volverá a ver a sus nietos. «Me preocupa quién cuidará de ellos», dice en voz baja. «Yo era la única que los bañaba y los ponía a dormir. ¿Quién se encargará de hacerlo ahora?»

Fuente: BBC

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