Las imágenes que muchos prefieren no ver

 

E l viernes se cumplirán 40 años del bombardeo sobre civiles de una aldea vietnamita, que el joven “Nick” Ut retrató con su exacta dimensión de dolor en la indefensa y malherida desnudez de Kim Phuc. La agencia de noticias AP reunió otra vez, de cara al aniversario, a la “niña del napalm”, hoy una mujer de 49 años y madre de cuatro hijos, con el hombre que, además de tomar la foto que mereció un Pulitzer y sirvió para denunciar el horror de aquella guerra, tuvo mucho que ver con que se salvaran vidas.A menudo, la humanidad ha tomado nota de situaciones extremas a partir de historias captadas por lentes que sacuden conciencias anestesiadas.

Link para verlas a todas 

Pero no todas esas historias tienen final feliz. Esto parece potenciarse en el mundo actual, hiperconectado y envuelto en imágenes que se reproducen y multiplican desde nuevas plataformas. Y es que, a pesar del papel de actores como las redes sociales en fenómenos como la Primavera Árabe o conflictos armados, hay muchos que prefieren no ver y mucho menos reaccionar ante dolores e injusticias repetidos e impunes en el planeta. Acaso la repetición de las peores noticias genera un acostumbramiento casi cómplice.(Si desea seguir leyendo favor de dar Click en el enlace)

Comentario:

¿Serán estas las verdaderas imágenes de nuestro mundo?  ¿Será la miseria, el abandono, la insalubridad el verdadero rostro de la civilización, que organiza guerras cuyos objetivos nadie comprende bien, que masacra niños indefensos, que cancela el futuro de multitudes de personas y las condena al dolor todo en el buen nombre de principios que hemos instituido? ¿Qué tipo de ser humano hemos construido que hoy se siente muy apenado por la situación de un pequeño agobiado por el peso de la crueldad de sus congéneres y mañana alegremente se olvida del asunto porque piensa que no hay nada que hacer.  ¿No seremos todos asesinos al tomar esta actitud de aceptación frente a la situación de nuestros hermanos en otros lugares del mundo?  Con ellos la suerte no fue tan favorable y en nombre de la fortuna o el destino nos deshacemos de los sentimientos de solidaridad.

Sin embargo, mucho podríamos lograr si empezáramos a pensar que navegamos en el mismo barco que cada vez se ve más lleno de gente y que cualquiera que haga un agujero en el fondo hará que todo se vaya a pique. No porque el vándalo taladre en otra sección estaremos a salvo del hundimiento. Por lo tanto, debemos pensar en una comunidad nueva, crear adultos y niños bajo el principio de la dignidad del hombre ante todo. La creación entera nos grita que la vida es lo más importante, no las cosas materiales; las “cosas” deben estar al servicio del hombre y no el hombre al servicio del dinero, de las cosas materiales, con lo cual la vida humana se vuelve prescindible, sustituible, que se puede sacrificar. No pensemos que estamos por encima de esto, porque en la sociedad en que vivimos que no considera la dignidad de un niño, cualquiera puede llegar a caer bajo esta consigna.

Las grandes transformaciones de la sociedad han ocurrido porque un puñado de personas empezaron a creer verdaderamente en una meta. Y nosotros, que necesitamos de todos, proponemos que empecemos a desear, a querer que se instituya una sociedad donde la dignidad del hombre en todos los ámbitos sea la prioridad, en la economía, en la educación, en la política. Y  en nuestra pequeña célula familiar y de trabajo empecemos a pensar que nada importa más que la dignidad de nuestro prójimo y empecemos a actuar en consecuencia

La cuestión no es nueva. A diferencia de la historia de Phuc, hubo muchos otros hitos plasmados en secuencias gráficas que recibieron galardones o no y que no detuvieron la sinrazón que los provocó.

Abrazos robados. “¿Me ayudarás a recuperar mis brazos? Si sigo sin brazos, me suicidaré”, le dijo a la periodista de Reuters Samia Nakoul el entonces niño Alí Ismael Abbas, al que un misil estadounidense le había arrebatado en esa misma madrugada a su padre, su madre embarazada, un hermano, otros 11 parientes y sus dos brazos.

Era el 30 de marzo de 2003 y hacía un puñado de días que la coalición liderada por George W. Bush y sus secuaces del otro lado del Atlántico habían iniciado sus bombardeos a Irak, cuando Alí, con apenas 12 años de vida, quedó mutilado de cuerpo y alma.

La imagen de su cuerpo amputado y quemado en un 70 por ciento estremeció a buena parte del mundo, pero no frenó la ofensiva de quienes rotularon su martirio y el de su familia como un “daño colateral”, eufemismo incoado ya en los bombardeos poco quirúrgicos de la Otan en los Balcanes.

Hoy, con casi 22 años, Alí puede contar con brazos ortopédicos y su imagen “recuperada” fue mostrada en Kuwait o Gran Bretaña. Pero sus ojos no disimulaban tristeza y el Irak que los causantes de sus heridas prometían liberar aún sigue desangrándose.

Problemas de otros. “La vida es eso que pasa mientras estás ocupado haciendo otros planes”, escribió alguna vez John Lennon.

Fue un día de marzo de 1993 cuando el diario The New York Times le publicó al fotógrafo Kevin Carter la foto que le significó un Pulitzer y le quitó parte de su vida. La foto mostraba a un famélico niño sudanés acechado por un buitre que parecía esperar su final. La imagen, síntesis del destino fatal que el mundo reserva desde hace décadas a chicos de esa y otras regiones del planeta, le valió al fotógrafo un juicio moral condenatorio de miles de personas que vieron la foto y le cuestionaron no haber cambiado la historia ayudando al pequeño.

No está claro cuánto hubiera incidido en la decisión de suicidarse de Kevin Carter el saber que Kon Nyong, el niño acechado por la muerte encarnada por el buitre no murió allí sino 15 años después, por una extraña fiebre. En todo caso, la condena moral que se ensayó contra Carter nos cabe a todos como especie. Y mucho más a quienes son responsables o cómplices, por acción u omisión, de las hambrunas de África o de intervenciones tan oscuras como el petróleo.

Pero hay fotos que quienes dirigen el mundo prefieren no ver. Cuando las secuencias hacen visibles realidades que avergüenzan, las imágenes se ocultan o se manipulan para hacerlas olvidar más rápido.

El bombardeo mediático de hoy contribuye a veces a la confusión y al olvido, mecanismos de defensa de no pocos. No fue por eso que aquí no se habló de los civiles que matan los ataques de Al Qaeda o los drones de Barack Obama en Afganistán, los muertos en vida de Haití, los migrantes presas de “coyotes” en México o tantos más cuyo sufrimiento deriva en galardones de otros que raras veces llegan a ser consuelo propio.

Fuente: La voz Interior

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